miércoles, 6 de febrero de 2008

Una Apología al llanto...




Siempre he cuestionado la gran dificultad que tengo para manejar la paranoia. Quizás mi mecanismo de defensa favorito, es decir: la evasión, me dificulta ese buen trato y hasta ese enamoramiento con la suspicacia y la desconfianza tan necesaria para sobrevivir en esta y en cualquier otra ciudad. Cuando debo ser paranoide y desde esa posición tomar decisiones y ejecutar acciones, entonces me quedo sólo en el plan y nunca llego al ejecútese. Así fue como un viernes, como pudo haber sido cualquier viernes (mas temprano que tarde pasaría) luego de sacar una considerable suma de dinero en efectivo, un joven alto, moreno, de franela naranja (una semana después mi amiga me dijo que la franela era azul) y con cara de indio, se acerco amenazante, rompió con los limites de mi espacio físico, me empujo hacia el carro y luego de asegurarse que me había llenado de miedo, se llevo mi cartera o debo decir bolso. Todo pasó en cuestiones de segundos y lo vi irse junto con su compañero en una motico pequeña a no muy alta velocidad. Allí quede yo, sintiéndome, junto con mi amiga, la mujer más estúpida del mundo.
Subí al auto y me senté frente al volante sintiendo salir mis primeras lagrimas, lagrimas de rabia, gire mi muñeca derecha que agarraba con fuerza las llaves del carro ya introducidas en el suiche y prendí el carro, la segunda ración de lagrimas salió con mayor fluidez, lagrimas de impotencia, de odio; puse el carro en primera y arranque , fui cambiando a segunda y a tercera y a cuarta, mi amiga un poco nerviosa me instaba a estacionar en algún lugar “mientras se me pasaba todo”, que frase tan vulgarmente utilizada: “Cuando se te pase hablamos” “cálmate y respira para que se te pase” “todo lo veras distinto cuando se te pase”; Que será lo que esperan que pase, ¿el tiempo? ¿Las emociones? ¿Las decepciones? ¿Las heridas? ¿Los ciclos hormonales? ¿Los recuerdos? No lo sé, sólo sé que en esta oportunidad mi amiga esperaba que pasara el llanto, pero no, este fue en incremento, como un allegro, como una cascada. Empecé mi llanto y no podía detenerlo, éste me tomo a mí y entonces lloré. Lloré como cuando de niña cualquier adulto macabro decía: “que niña tan linda me la voy a llevar a vivir conmigo”, o como cada vez que a las 12 del mediodía me iba a la escuela a enfrentarme con los moustricos compañeros de clases, lloré como lloré las cuatro veces que me sacaron de un salón de clases, como cuando aplazaba un examen, lloré como lloraba cada vez que Marcos gritaba “no te vayas mamá” o cuando a Heidi se la arrancaron de los brazos de su abuelito o como cuando el Sr. Vitallis murió en una nevada protegiendo a Remi (con Candy no lloré porque ella se “divertía” mucho), lloré como lloré cuando de niña me pico un bachaco y creí que me había inyectado su veneno y moriría o cuando en esa misma época descubrí mis costillas falsas y pensé que era un malformación, lloré como cuando mi mejor amiga decidió cambiarse de hospital para irse a estudiar con su otra mejor amiga, lloré como lloré cuando mi primer amor se fue a Puerto La Cruz, lloré como lloré cuando el hombre que más amé y que hoy vuelvo a amar me dijo que “solo podíamos ser amigos”, lloré como lloré cuando ese otro hombre que amé y ya hoy no vuelvo amar me dijo “mi amor va en picada” (cuando colgué el teléfono el amor ya se le había estrellado en el asfalto), lloré como llore cuando en la película “Il Postino” éste murió y el plasta de mierda de Neruda no le paro ni media bola, lloré como lloré cuando supe que Massimo Troisi había muerto 24 horas después de haber terminado el rodaje de El cartero, lloré como lloré con: La fuerza del Cariño, La casa de agua, La lista Shidler, Cinema Paraíso, E.T., Una vida y dos mandados, El Cuervo, Un rinconcito allá en el cielo, Los Coristas, El Titanic y pare usted de contar... lloré como lloré la primera vez que vi a mi madre durmiendo sin su prótesis dental y se me estrelló en la cara su vejez y su finitud, lloré como lloré cuando me diagnosticaron una enfermedad fibroquistica de la mama y creí que era cáncer y entonces se me estrello en la cara mi finitud, lloré como lloré cuando me sacaron una muela, lloré como lloré cuando gano Lusinchi y luego Carlos Andrés y luego Caldera y luego.... lloré como lloré cuando supe que estaba embarazada, lloré como lloré cuando se asomó la enfermedad en la carita chiquitita de mi hija, lloré como quise llorar cuando mi hija se quejaba por sus cólicos. Lloré 17.2 kilómetros, es de decir 17.200 metros, es decir 1.720.000 centímetros y cuando el tablero de mi carro me informó que no tenia gasolina entonces lloré por los días del paro, por el golpe... me detuve en la estación de servicio y me mire en el espejo, vi mi cara llena de rosetas envenenadas de llanto; el Sr. de la estación de servicio me miró con gran ternura y mi amiga me dijo: “seguro que piensa que estas llorando porque te dejo el novio” y era verdad, seguro pensaba eso porque al parecer las mujeres sólo lloramos por un hombre cuando la realidad es que lloramos por TODO y entonces, ya confesada, aproveche en ese momento para llorar por la gasolina con plomo, por la gasolina sin plomo, por la que se va, por la que se queda.
Logre llegar a casa y cuando abrí la puerta ya mi rostro estaba menos congestionado. Le dije a mi madre “me robaron” y ella contestó “demos gracias a Dios porque no te pasó nada” y yo pensaba: “es nada todo esto?”; fue la primera que utilizó ese discurso que normaliza el delito y que hasta deshonra, en las próximas semanas esa frase se repetiría muchas otras veces y sin embargo, yo, todas las noches me diría: Gracias a Dios no me paso nada¡ Luego, mi madre, serena y controlada como toda gocha que se respete, me preparó el café más delicioso y reconfortante que me he tomado hasta ahora, recobre las fuerzas para bloquear tarjetas y chequeras, jugué con mi hija, volví a reír, me burle de mí, me bañe, me empijame y al acostarme volví a llorar (es que descubrí que me gustaba) y ya iba a comenzar de nuevo esta apología al llanto cuando mi madre hermosa, sabia y mágica, dio al traste con las dos “ll” y transformo la palabra llorar en orar y oró. Oró con tanta fé y tanto fervor que logro detener mi llanto. Oró por mí. Pidió fortaleza, tolerancia, tranquilidad, sosiego y luego comenzó a orar por mis hermanos, debo confesar que me dieron celos, pero me llame a reflexión y consentí compartir con ellos las oraciones de mi madre, luego comenzó a orar por mis sobrinos y con ternura seguí consintiendo sus oraciones que se generalizaban, pero luego siguió con sus hermanos y ya mi capacidad de compartir fue disminuyendo, luego las oraciones iban dirigidas a mis amigos y me fui confundiendo, quería decirle que no se disgregara porque podía enredar al Todopoderoso, pero no fui capaz; ya mi confusión se fue convirtiendo en angustia cuando las oraciones fueron dirigidas a mis perversos compañeros de trabajo, y luego a la señora que me vendió el apartamento y luego a nuestros dirigentes políticos y luego por la paz mundial y ya cuando parecíamos el papelito que se escribe para el espíritu de la Navidad, aquel que pide doce deseos mundiales, doce colectivos y doce personales, abrí bien mis ojos y afine mis oídos preparándome para no permitir aquella oración que solicitaría el perdón y la rehabilitación de los ladrones, pero mi madre dijo amen y yo cerré los ojos y me dormí ...