miércoles, 6 de febrero de 2008

Ferohormonas...


Desde hace siglos el culto del bello sexo ha adquirido una dimensión social inédita entrando al mercado de masas y haciendo de la belleza una obsesión que nos atormentará a todas en algún momento de nuestras vidas, más aun si sabemos que la figura privilegiada actualmente por los esquemas sociales es aquella de grandes pechos y cuerpo muy delgado y como diría una modelo “la naturaleza no suele dar cuerpos así” y la cirugía, a pesar de su democratización, aun no está al acceso de todas. Si a esa exaltación por la belleza se le agrega la rivalidad atávica a la que estamos sometidas las mujeres tendremos una cultura que atenta constantemente contra la salud mental femenina.
En mi empeño por remodelar mi baño y dejarlo lo más cómodo posible, le compré una repisa de lo más linda, sólo que al abrir la caja me encontré con la sorpresa de que faltaba una pieza y con la angustia instalada en la boca de mí estomago fui con mi caja, de un metro de alto y treinta centímetros de ancho, a EPA para que “resolvieran” mi situación. Llegue al gran almacén y solicité hablar con la gente de devoluciones y reclamos, allí mismo fui atendida como lo que era: un cliente insatisfecho y ladilla, luego de algunos minutos, de forma muy insensible, un chico del departamento de devoluciones, con su franela amarillo EPA, me acompañaba al pasillo 12 a recuperar mi mercancía completa y cuando íbamos por el pasillo 10 otro joven con otra franela amarillo EPA lo interceptó y sin respetar mi presencia, le pregunto:
- Loco ¿viste la tipa en la caja 3?
- No¡
- Guevon! Está bueniiiiiiisiiiima¡¡¡¡¡¡¡¡
Y así, después de semejante conversación, el primer joven, quien resolvería mi situación en minutos, se fue con su compañero y sus ojitos brillantes en búsqueda de la hermosa mujer cuya imagen humedecería sus mañanas desde ese momento. Y allí quede yo, en pleno pasillo 10, con mi caja de un metro de alto y treinta centímetros de ancho entre mis brazos, esperando a no sabia quien y de pronto aparece otro joven con la ya nombrada franela amarilla y me dice:
- Señora, en que puedo ayudarla?
Y fue en ese momento cuando di la respuesta más inconveniente, poco asertiva y creo que casi autoagresiva que nunca antes en mi vida había dado, y dije:
- Por favor, necesito cambiar esta repisa por otra que este completa. Ya me habían atendido pero el joven se fue corriendo a la caja 3 porque parece que hay una tipa que esta muy buena.
Dicho esto el joven salió corriendo dejándome ahora en el pasillo 11. Parada, que digo parada, paralizada, pensé en salir yo también corriendo y ver a la tipa de la caja 3 y en ese momento vi mi imagen reflejada en un espejo y recordé, sólo recordé:
Hace acaso unos cuatro años, mientras estaba en mi apartamentico de La Candelaria, descansando de la rutina diaria, recibí una llamada. Del otro lado del auricular escuche una voz que ya para ese momento se me hacia extraña, era la voz de uno de esos hombres que pasan por la vida de una y que se empeñan en postergar los adioses. En ese momento pensé: ¿Otra vez? . No lo puedo creer. Lo que no podía creer era esa extraña concepción psicológica del tiempo que tienen los hombres, atemporal como el inconsciente, la cronología les es ajena y así tres años después de no verlo vuelve a llamar como si nada hubiese pasado, para invitarme “a cenar” y yo cansada por la hora y por ya sentirme refugiada, solo atine a contestar:
- Lo siento, ya me disfrace de Doña Florinda y no pretendo cambiarme para salir. Lo máximo que puedo hacer por ti es invitarte un café.
Esta ultima invitación la hice convencida de que se desanimaría, pero como siempre el enigma de la psique masculina me volvió a sorprender cuando aceptó. Lo más desagradable de las visitas a esa hora era tener que bajar a abrir la puerta principal ya que no había intercomunicador y cuando se abrió el ascensor vi como a mi ex - amigo le estaba abriendo la puerta la puta del edificio. De verdad, créanme, era la puta del edificio, esta vez no es rivalidad ni envidia femenina, era la puta del edificio, me lo había dicho la conserje unos días antes, también nos había dicho que se había “hecho las tetas y el culo” y cuando nos lo dijo sí que había rivalidad y envidia y al verla por primera vez, yo justifique semejantes emociones.
La joven de escasos diecinueve años tenia un rostro hermoso, como todo rostro de diecinueve años, acompañado de unas tetas firmes y voluminosas que se dejaban ver, por debajo de su muy corta franela, como dos mísiles que al mejor estilo de Afrodita A, aquel robot piloteado por Sayaca, dieron directamente en mi narcisismo femenino, pero no contenta con todo esto, su jeans muy por debajo de su ombligo dejaba ver un vientre plano y bronceado y al darse la vuelta mostró un pequeño triangulo hecho de la unión de tres delgadas tiritas procedentes de su hilo dental que reposaban en su zona sacra adornando su perfecto pompi. La vi subir al ascensor como en cámara lenta, si yo estaba en ese estado no puedo imaginar el trance de mi ex – amigo, lo cierto es que al seguirla con mi mirada hasta el ascensor vi mi imagen reflejada en el espejo del mismo y pensé: la verdad es que “ya no me baila un gusano en la tripa” como dice Ella Baila Sola y eso determino no sólo “que no me echara su perfume ni me pusiera tacón” sino que bajara con una facha que hasta Doña Florinda se sentiría ofendida por la comparación: Unos pantalones muy amplios de rayas verticales amarillas, naranja, mandarina y verde manzana, combinados con una franelilla ovejita color mandarina cubierta por un suéter de lana, de esos cálidos que usan las abuelitas y que venden en Graffiti, de color marrón; sin una gota de maquillaje en mi cara había recogido mi cabello en una cola de caballo que dejaba al aire mis no tan pequeños pabellones auriculares. Mi reacción fue rápida cuando ella desde el ascensor nos preguntó a mí y a mi ex – amigo, ahora con cara de estúpido:
- ¿Suben?
Yo rápidamente respondí:
- No, espero a otra persona. Gracias.
Ella se fue perdiendo mientras el ascensor se cerraba y cuando volteé me encontré con la mirada de mi ex – amigo quien me preguntó:
- ¿Esperas a otra persona?
- No, no espero a mas nadie, pero no pensaras que me voy a parar al lado de ella. Si a Paris le tocó elegir entre tres deidades igual de hermosas y se armó la guerra de Troya ni te cuento la que aquí se armaría si veo algún gesto tuyo que la privilegie a ella. No me expongo a semejante agravio.
Recordando la risa de mi amigo decidí no ir a ver a la muy hermosa mujer de la caja 3, y me pasee por todo el pasillo 12 viendo grifos y duchas: plateadas, doradas, cromadas, las ecológicas que racionan agua, las económicas, las lujosas y allí, en el pasillo 12, vi como aquellos dos jóvenes que hacía algunos minutos me habían abandonado, regresaban sonrientes, radiantes, magnánimos y de esa misma forma se acercaron a mi, solicitando mi ayuda para recordar aquella misión que debían haber cumplido con anterioridad y que había sido interrumpida por el destino y así de manera educada iniciaron la búsqueda de la mercancía que debía ser cambiada. Recordé un articulo que había leído donde informaba como la firma “Biotech" de Vancouver había presentado un nuevo producto que relajaría a los compradores y los haría permanecer mas tiempo dentro de las tiendas induciéndolos a comprar más mercancía, era nada más y nada menos que una ferohormona que liberarían por los ductos de aire llegando a lo mas primitivo del olfato humano; entonces lo entendí todo: EPA había adquirido una nueva arma para lograr que sus empelados trataran mejor a sus clientes, sobre todo aquellos sin atributos para merecer semejante privilegio y mandaba de cuando en vez a aquella desconocida mujer de la caja tres a pasearse por los pasillos del almacén estimulando las ferohormonas de los empleados alegrándoles muy gratamente el día o en todo caso aquella desconocida defensora de los derechos de las mujeres poco privilegiadas se asomaba a los almacenes azarosamente para dejar a los empleados en un estado de exaltación tal que atenderían a cualquier cliente con una bondad inalcanzable por otra vía y entonces agradecí al cielo por la existencia de aquélla joven y rogué por que se hiciera cierto aquella propuesta de Marcela Lagarde en su articulo “Enemistad y Sororidad” y las mujeres ya estemos conformando un grupo donde cada una seamos amigas, a pesar de ser diferentes, cómplices, nos encontremos y reconozcamos las unas en las otras y entonces llegué a casa y le conté todo a mi mamá y la hice escucha de mi idea de que aquélla mujer, que estaba bueniiiisiima, con sus atributos había logrado que me atendieran con amabilidad y que lo pudo haber hecho con todo placer y ella en su sabiduría solo contesto:
- Mija, si esa mujer ni la conoció, a mí su cuento a lo que más que se me parece es a aquel refrán que dice cachicamo trabaja pa’ lapa.

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