miércoles, 6 de febrero de 2008

Todas mis canciones..


Al parecer las canciones son tan antiguas como la humanidad y muchas de ellas han trascendido haciéndose inmortales, acompañando generaciones por siglos. A través de ellas el inconsciente colectivo se cristaliza y se difuminan sus mensajes acurrucándose en algún lugar de nuestros recuerdos. Teniendo al amor como principal protagonista ese producto del enlace entre la poesía y la música sin saberlo ha demarcado las diferentes etapas de mi vida como hubo de hacerlo con la historia.
Es de esperar que no recuerde las canciones con las que mi madre me arrullara pero sospecho que fueron las mismas con las que arrulló a mi hermano menor y de esa mi más tierna infancia, como a los cinco años, recuerdo un porro que dice: “el vaquero va cantando una tonada/y la tarde va muriendo hacia el río/por el recuerdo de su dulce amada/lleva su corazón lleno de frío/; estos versos siempre traerán a mi memoria la imagen de mi madre con mi hermano en sus brazos. En esa época de paz y amor mi hermana de apenas catorce años se encerraba en su cuarto y yo del otro lado de la puerta la escuchaba entonar: “Sansón y Dalila”,…“/hombre libre que vas por el mundo/cantando al amor/cantando a la vida/cantando al amor/hombre libre tu llevas el rumbo de tu corazón/”…Martiña y “hoy daría yo la vida/por volverte a ver/” y “es todo un encanto/el sentirme enamorada/y descubrir que soy completamente apasionada/…“Adiós chico de mi Barrio”,“Cenicienta”,“El Vals de las mariposas”,“Una muchacha y una guitarra”,“mi corazón por ti se hizo trovador/para cantar/la vida y el amor/ de Trino Mora. De mi padre aprendí el vals venezolano “Como llora una estrella”.
Entre los cinco y los diez años la escuela y mi madre me acercaron al folclore venezolano con: “Mujer merideña” “Brisas del Torbes” “Brisas del Zulia” “Noches larenses” “Maracaibo en la noche” “Sombra en los medanos” “El manguero” “El cocotero””La Novia del Lago”, “Estoy contento”, “Así cual las brumas del mar”… Era la época de las serenatas y cada cierto tiempo la voz de JH.V. nos sorprendía en la medianoche ofrendándole a mi hermana mayor “Noelia” de Nino Bravo “Plegaria”,.. “Recuerdo que una tarde descubrí que tu pelo/olía como huele la flor de un limonero/”. Mi otra hermana, las más contemporánea, me acerco a ese mundo tan difícil como lo es el baile, a ella la recuerdo en la fiestas del Barrio sudando al ritmo de Billos, Los Master, Los Blancos, los Bailables de Aníbal Velásquez “El Perro de Juanita” “Sal y Agua” “Luto rojo”, “El tucu perro”.
Para ese tiempo las canciones envolvieron mi primer acercamiento con lo masculino y una de las figuras mas importantes de mi infancia, el maestro José Antonio, quedo grabado en mi memoria con una interpretación de Jesús Sevillano “a mi negra la quiero la quiero más que a la cotiza que llevo en el pie”. En 1977, se estrena en Venezuela “Fiebre del Sábado por la noche” dando inicio a una de las épocas de la música que para algunos es de las más grises: el movimiento Disco Music. A ese ritmo electrónico mi mirada se detuvo en uno de mis amigos y entonces mi imaginaría se complacía en los rasgos toscos, duros, feos y guajiros de N.R.; de pequeña estatura y labios desproporcionadamente carnosos N.R. bailaba con destreza y con gran paciencia se dio a la tarea de ser mi profesor a pesar de mi sordera musical, por él suspiraba cada vez que escuchaba “I´ll write a song for you” de Tierra, Viento y Fuego.
Con el tiempo me fui cultivando en aquello de musicalizar mis afectos y por ejemplo recuerdo a mi primer J. con la canción “Tiburón” de Rubén Blades; mi segundo J. con “Sin Rencor”; a R.D. con “Lagrimas” de Roberto Blades; a O.O. con “Amiga” y “Ven devórame otra vez” de Eddie Santiago; a Lemaire con “No voy a mover un dedo” interpretada por Guillermo Dávila y “Thriller” de Michael Jackson, mi sobrinita mayor con la canción de Franco de Vita “Bienvenido sea el tercero entre los dos…”; mis amigos de la Facultad de Medicina con el movimiento merenguero de Wilfredo Vargas, Las chicas del Can, Rudy Pérez, Fernandino Villalona; a M.S. con “te molesta mi amor/ mi amor de juventud/” cantada por Silvio Rodríguez y a J.B. con Mecano.
Un poco antes de mis años en Barlovento N.G. se volvió un huella mnémica anidando en “Y si a pedir mi mano viene” de José Luís Guerra y su 4.40; todos mis días en Higuerote, Caucagua y Marizapa, tienen el nombre de Tito Rojas “El Gallo de la Salsa” que se escuchaba continuamente en las camioneticas Caracas-Barlovento, Barlovento-Caracas. Finalizando aquella etapa apareció JH.C. con quien me cansé de bailar en la discoteca Campomar las canciones de Gilberto Santa Rosa en especial “Sin voluntad”.
Unos pocos años después de estar instalada en Caracas un hombre llego y me arrebató el resto de mis canciones, paso por todos los géneros, empezó por hurtarle a JH.C la canción “Sin voluntad” y se adueño de “El Hombre del Piano” de Billy Joel, luego paso por las primeras canciones de Shakira; “De Repente” y “Avalancha” de Soraya; “Que ya viví que ya te vas”, “Imagínate”, “Llueve otra vez de Silvio Rodríguez”; “Amanecí otra vez entre tus brazos” de Javier Solís; “La Tirana” “Si vuelves tu” de La Lupe; “Quiero abrazarte tanto” de Víctor Manuel; “Tus regalos deberían de llegar” y “Al lado del camino” de Fito Páez y un día el ladrón se fue dejándome con sus canciones que nunca supo eran de él y dio paso a otros y otras que empezaron a donarme representaciones. Recuerdo con especial agrado, de aquella época, a un amigo que un día fue a mi casa y se quedo sorprendido al encontrar entre mi música un CD de nada mas y nada menos que Zitarrosa, se quedo tan sorprendido como yo que aun no entiendo en que momento de transe compré ese CD; coincidimos ambos en que su mejor canción era “Milonga para una niña”, ese día inmediatamente después de él irse escuche por segunda vez la canción para ver si se me quitaba la vergüenza de ser tan farsante, por su puesto que ese amigo esta abrigado en mi memoria por esa pieza y con “Partisano” de Miguel Bosé. De pronto me vi acompañada de quien se quedo en mi historia aliado a Pedro Guerra y “La lluvia nunca vuelve hacia arriba” “Contra el poder”; Eduardo Aute y “Pasaba por aquí” “Ay de ti Ay de mi”; Manolo García e “Insurrección”; Aterciopelados y “Maligno”; “Decisiones” de Rubén Baldes; “Quemarse los pies “ De Ana Belén …… luego que éste ser impensado se alejara, repentinamente llego del pasado un personaje mítico y casi ilusorio que me envolvió con la canción “Blanca Gaviota” de Ali Primera.
Todos ha quienes amo y he amado tienen una o mas canciones: mi amiga Elizabeth canciones de Sandro, Mocedades, Tito Rodríguez; Sergia canciones de Cecilia Todd, Mercedes Sosa y Roxana; Gladys con canciones de Neri Per Caso; Eloi el Jazz Brasileño; Adela con Miguel Bosé; Edilia y “Micaela” de Pete Rodríguez, mi pequeña hija con “Cristal” de Simón Díaz, mi hermano con “Solo le pido a Dios” de León Gieco, mi sobrino mas pequeño y “La vaca mariposa” de Simón Díaz, Yasenia con “El Padrino” , Wileima con “I feel good”.
Hace pocas semanas en una de esas noches en las cuales a mi niña la tomara la gripe, ella en su malestar pedía que le cantara “recueo aye”, no entendí su lenguaje pueril e inicie todo un ritual en el que le regale mi repertorio de valses venezolanos con los que la arrullo y fue cuando supe que me pedía cantar “Como llora una estrella”, mi hija pidiendo una canción que lleva el nombre ausente de mi padre; entonces sentí la vida como un cuento circular, entendí, por ejemplo: que la única razón por la que mi maestro José Antonio me obsequio la canción de Jesús Sevillano fue para que se la cantara a mi hija muchos años mas tarde; que mi abuelo le cantaba a mi madre “Dos arbolitos” sólo para que un día, casi cien años después, la encontráramos en la pagina 29 de un libro y a través de ella lográramos un hermoso encuentro con él después de casi 40 años de muerto y al mismo tiempo pude volver a disfrutar de Eduardo Liendo en “Si yo fuera Pedro Infante”; entendí que Zitarrosa estaba en mi casa aquella misteriosa tarde sólo para acompañar a mi amigo en una de sus etapas mas tristes. Reconocí en todas mis canciones una especie de cincel que ha tallado en mi memoria a quienes más he querido, proporcionándoles esa pequeña inmortalidad de la que habla Kundera; quizás por el miedo al olvido los obligo ha trascender su propia historia y prolongarse en la mía, reteniendo sus almas en cada verso entonado y así el proceso del recuerdo será una acto de amor y lo recordado un objeto preservado en el amor y como dice Pedro Guerra “eso quedara aunque caigan las hojas/eso quedara aunque vuelva a vivir/eso quedara amarrado a mi sombra/eso quedara en mí/”

Nostalgia...


A Carmen Luisa, Maribel, Arturo, Nahir
Y Adriana…

“En griego se dice nostos. Algos significa . La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. La mayoría de los europeos puede emplear para esta noción fundamental una palabra de origen griego (nostalgia) y, además, otras palabras con raíces en la lengua nacional: en español decimos “añoranza”; en portugués, saudade. En cada lengua estas palabras poseen un matiz distinto. Con frecuencia tan sólo significan la tristeza causada por la imposibilidad de regresar a la propia tierra. Morriña del terruño. Morriña del hogar. En ingles sería homesickness, o en alemán Heimweh”. Con estas líneas Kundera abre la historia de Irena en su novela “La Ignorancia”, donde describe el retorno de la protagonista desde Francia a la Republica Checa en 1989 luego del retiro de los rusos. Y así va dándonos a conocer la palabra nostalgia en varias lenguas y designando a Ulises como el mayor nostálgico de la historia en su Odisea por regresar a Itaca después de la guerra de Troya.
Hace algunos días recibí una pequeña Crónica de una de mis amigas que desde Florida nos contaba de sus dificultades de adaptación en aquellas tierras, recordé a Arturo que allá en Texas sufre lo mismo y Nair en Alemania y quien sabe si hasta Adrianita allá en Argentina pueda estar tomada por ese mismo sentimiento que atormentó a Ulises. Lo cierto es que el desprendimiento de la tierra donde se nace desencadena una serie de emociones que pugnan entre ellas, sin encontrar conciliar la satisfacción de la meta cumplida (el logro de vivir en una tierra extranjera pero elegida donde se desarrollara un proyecto personal) y la nostalgia (sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar). Con la partida se deja atrás la infancia y las fantasías, la adolescencia y su ímpetu, la adultez joven y los planes por cumplir y se llega a esa nueva tierra con las fantasías, el ímpetu y los planes en mora y en espera de ser ejecutados, es decir se llega a otras tierras con un saco grande de responsabilidades. Ese sentimiento no se vive sólo cuando se viajan grandes distancia cambiándose de un país a otro, sólo tiene uno que sentirse fuera de su hogar y frente a otra cultura diferente en la cual nacimos o crecimos para conocernos ajenos a ella, vulnerables y deseosos del regreso.
Acá mismo en nuestro país, este país que alberga tantas culturas extranjeras y las mezcla con una capacidad que sólo él tiene, este mismo país se divide culturalmente en su territorio para dar paso a diferencias entre sus habitantes. Para mi familia, tan merideña que llego a ser gocha, no fue fácil vivir en un barrio tan maracucho que se llamara Ricardo Aguirre; mi madre con su propio estilo, logro que nosotros creciéramos construyendo nuestra identidad en las vacaciones por las calles de Tovar y la finquita de mi abuela materna, el olor a chimó, café, miche y picante de la casa de mi abuela paterna, las merengadas de mora, los pastelitos andinos, la chicha, las arepitas de harina de trigo, la pizca, el usted, el respeto, la distancia afectiva, contrastante totalmente con esa forma de ser del maracucho, expansivo y desenvuelto; aunado a eso el prejuicio contra el gocho que lo identificaba con la ignorancia hasta el retardo mental, se representaba en los chistes que nos aprendíamos en la escuela y mamá prohibía en la casa. Muchos de mis compañeritos creían que yo era extranjera y como el venezolano aprende el culto al extranjerismo en las primeras etapas de su vida, no me agredían por ser gocha ya que ni lo imaginaban pero a mis compañeritos gochitos no les daban descanso. Ya en la universidad mi físico estaba mucho más definido y era imposible que mi prognatismo y la planitud de mis glúteos no dejaran al descubierto mi procedencia. Recuerdo en especial una ocasión cuando en la Facultad de Medicina de la LUZ nos entregaron una planilla para ser llenada con nuestros datos, mientras yo tranquila e inocente cumplía con la tarea, mi compañero de al lado estaba pendiente de lo que yo escribía y al ir por el apartado: Lugar de Nacimiento y respondía El Vigía, Estado Mérida, mi compañero me quitó la hoja y en plena aula chillo:
- Cecilia es Gocha, yo sabia, Cecilia es Gocha.
Desde ese momento por puro amor me decían la Gochita y cuando ya no me soportaban me gritaban: Gocha el Coño!
Pero un extraño cambio se estableció una vez que llegue a Caracas y cuando dije en que Universidad me había graduado inmediatamente pase a ser La Maracucha. Fue una experiencia extraña en tanto mi padre, el más Gocho de todos los Gochos siempre quiso tener esa extroversión que se gana en Maracaibo y practico tanto que en su pueblo natal, Tovar, le llegaron a decir El Maracucho, y yo parecía seguir su historia.
Ya una vez instalada en Caracas la nostalgia me golpeo tanto que comencé a ver a todos mis amigos y personas queridas reflejada en extraños, la experiencia mas delirante fue cuando mientras caminaba por el centro, frente a la Iglesia de San Francisco, vi a un señor tomándose un café y supe que lo conocía de toda la vida, que había crecido viéndolo y con gran entusiasmo lo salude con mi mejor y mas amplia sonrisa, seguí caminando emocionada de haberme encontrado a alguien tan familiar y en mi recorrido trataba de ubicarlo y lo imagine con una Gaceta Hípica y una cerveza en la mano frente al abasto del Sr. Baudilio y no cuadraba, lo imagine construyendo la tarima que montaron frente a la casa de la Sra. Yolanda donde mi hermana y yo bailamos cumbia en una de las ferias de aniversario del Barrio y nada, lo imagine en las misas de aguinaldo del Barrio y tampoco y dos cuadras mas adelante lo supe TODO: era Héctor Mayereston! y ciertamente había crecido a su lado pero yo en mi casa y él en la pantalla de televisión.
La adaptación a esta ciudad con mi nueva identidad Maracucha no era fácil, me movía en un mundo lleno de esnobistas culturales para quienes oír gaita era señal de poca cultura y la Navidad una aberración cultural donde el niño Jesús era un judío traidor y San Nicolás un maldito yanqui; la gastronomía maracucha era vista como un instrumento casi suicida donde el colesterol era el arma mortal. Sin embargo allí estaba yo oyendo y cantando gaitas, comiendo patacones, mandocas, tequeños, mojito en coco, tumba ranchos y esperando los diciembres para atravesar mi Puente sobre el Lago, pasear por la Avenida Bellavista y la 5 de julio, visitar el Paseo del Lago, la Basílica, el Museo Lía Bermúdez, el Callejón de los Pobres, Sinamaica, el Mercado Artesanal, etc…
No obstante cuando hace unos días me solicitaron escribir una Crónica Maracucha, me quede en blanco: que querían decir con Crónica Maracucha?, de que hablaría?, de que querrían que hablara?, del Empedrao?, del Saladillo?, del Mercado de las Guajiras?, del Sol?, del Lago?, de las Gaitas? Nunca lo supe porque nunca pude escribirla, es demasiado lo que se tiene por decir de la ciudad donde se creció y ninguno de esos símbolos que la representan abarcan ese significado, yo no conocí el Empedrao, ni el Saladillo, nunca me percate del Sol tan candente, esos símbolos de los que uno se aferra cuando se está lejos son sólo los instrumentos para mantener a esa tierra viva porque el verdadero miedo es el saber que mientras mas fuerte es la añoranza más se vacía de recuerdos “Cuanto mas languidecía Ulises, mas olvidaba. Porque la añoranza no intensifica la actividad de la memoria, no suscita recuerdos, se basta a si misma, a su propia emoción…”… Así en Irena “Su apego al presente ahuyentó los recuerdos, los protegió contra sus interferencias; su memoria no pasó a ser más malévola, sino más descuidada, como desprendida, y perdió poder sobre ella”. Y es que de pronto ya no es importante donde se nace o donde se creció, se está en un lugar y se forma parte de él, de su actualidad, de su problemática, ya sea que estemos integrados a él o no, y nuestras historias de incomprensión por haber sido en algún momento un Otro diferente pasan a ser sólo una más de las muchas vueltas que da la vida en el largo acontecer de la existencia.

La Historia de un libro que no se dejaba encontrar...


Sé que en algún momento escuché de algún escritor sombrío, parafraseando algún otro escritor ya no tan sombrío, que “el lector no es quien encuentra el libro, es el libro quien encuentra al lector”; repito, sé que alguna vez lo escuche y así mismo como lo escuché lo olvide, hasta hace unos días que reflexionando sobre mi historia con un libro llegue a la conclusión que si éste postulado casi metafísico es cierto, lo contrario también lo es, a decir: “no es el lector quien NO encuentra un libro, es el libro quien huye del él”.
Hace quizás unos siete u ocho años; trabajando en una de esas oficinas del Estado con cierto tinte político, que albergan en su vientre kafkiano personajes extraordinarios que de seguro en otras partes no estarías al cabo de que existen, en esa inolvidable oficina conocí a F.F. Él era un ser especial, de pocos atributos estéticos, alta inteligencia y gran sensibilidad, parecía sacado de una novela latinoamericana sesentona de esas que gustan de poetas o escritores fracasados y malditos para hacerlos protagonistas. Comunista hasta la utopía y melancólico hasta el aburrimiento F.F. cumplía con todos los elementos necesarios para ser un blanco perfecto a mi desatinado gusto por el género masculino; sin embargo el peligro fue superado y los acercamientos fueron muy amistosos. En una de esas mañanas tristonas tan frecuentes para él, F.F. quizás por alguna historia de oficina que estaba viviendo, me comentó sobre el fragmento de un libro que para ese tiempo leía, el sociólogo que lo escribía, al mejor estilo de Konrad Lorenz, comparaba el carcajeo del humano cuando está haciendo del Otro un blanco de burla con el sonido que emiten las hienas, aquel animal tan vulgarmente utilizado en las comiquitas para personificar a los delincuentes mediocres e infortunados. Según el sociólogo ese sonido sólo lo emite la hiena cuando tiene la presa oprimida entre sus mandíbulas así como el humano se goza en una gran risotada cuando ya tiene a su presa mancillada.
Entre los más “intelectuales” de la oficina el libro se puso de moda y como yo no pertenecía a semejante elite no me interesé por el ya famoso libro, sin embargo un tiempo después, en una de esas visitas a la librería SUMA que eran casi religiosas y no teniendo en mente algo que comprar, pregunté por el ya celebre libro y para ese momento su precio era de Treinta mil bolívares. Debo confesar que lo primero que se me vino a la mente es que era muy caro y que dejaría que aquello de la demanda y la oferta hiciera lo suyo y al nadie querer el libro (¿quien demonio podía quererlo?) el precio bajaría estrepitosamente y allí haría yo mi entrada y lo compraría, por supuesto si no me encontraba algo mejor en el camino. Ya sé que están pensando que mi ignorancia sobre la economía del mercado es admirable y yo ya lo sabía pero me sorprendí cuando al poco tiempo pregunte por el precio del bendito libro y estaba por cuarenta mil bolívares, razón supremamente mayor para no comprarlo (como iba a gastar realitos en ese librito).
Al llegar aquellos tiempos de golpes de estado y paros petroleros se me ocurrió abrirme un campo de lectura sobre la violencia y el primer libro que se me vino a la mente fue ya saben cual y me fui corriendito a buscar el libro y a pagar lo que fuese y allí estaba yo otra vez en la SUMA frente a un chamo que me decía que el libro estaba en sesenta mil bolívares y yo presta a cumplir mi misión le solicité al chamo que me diera uno y mientras yo buscaba mis realitos regresó con una frase que he escuchado en más de diez oportunidades posterior a que me la dijera en ese momento:
- Lo siento señora no nos quedan ejemplares de ese libro.
- Y cuando lo tendrán otra vez?
- No le sabría decir, con todo lo que está pasando en el país y con lo que han bajado las ventas no sabemos si seguiremos solicitando algunas ediciones. Pero déjenos su número de teléfono y cuando lo tengamos la llamamos.
Ese día pase por todas las librerías que frecuentaba: Ludens, Centro de Cultura Económica, Elite, Lectura, Macondo, las Alejandría y llegue a casa con el Diccionario de la Tolerancia, Las Semillas de la Violencia, Psiquiatría en tiempos de guerra, Psicología del rumor, Huellas de la Violencia, Vivir sin violencia, Autoapoyo en Catástrofes Colectivas, con un dolor terrible en los pies y sin realitos; era sumamente inadecuado que en aquellas navidades del 2002 mientras el país entero estaba haciendo compras nerviosas para llenar su despensa con enlatados, harina pan y arroz yo compraba libros y me quedaba limpia.
Pasado un año, por esos caminos que determina el azar, la vida me puso en contacto con dos amigos especiales quienes sin ellos saberlos me abrieron las puertas hacia un mundo enteramente desconocido en el que me he adentrado con pasión: el mundo de la Salud Ocupacional y mas específicamente el de la Salud Mental Ocupacional y cuando irrumpí en diferentes lecturas y en una de ellas: Ideología, Conflicto y Liderazgo en Grupos y Organizaciones del psicoanalista Otto F. Kernberg, se cita el bendito libro e inicie de nuevo el ciclo y en Tecni- Ciencias del Sambil cuando lo buscaron en el sistema encontraron un solo ejemplar con el módico precio de ochenta mil bolívares y me llene de contentura pero cuando ya estaba todo listo para que lo buscaran resulta que el libro sí lo tenían pero en Tecni-Ciencias de Valencia. Se me fue la contentura pero el vendedor muy amable me dijo que lo mandarían a traer y en una semana estaría allí solito para mí. Esperé con ansias que se cumpliera la semana y cada tres días llamaba. Cuando llegó el libro me fui rauda y veloz a buscarlo y Alejandro (el chamo responsable de la misión libro escurridizo) me orientó hacia el stand de sociología donde con toda seguridad estaba. Revisé de manera acuciosa y no lo encontré, revise de nuevo y nada. Le dije a Alejandro el cual me respondió:
- Señora, el libro debe estar allí. Si acá en la pantalla dice que está allí es porque está allí, el sistema no se equivoca. Búsquelo bien.
Regresé y lo busque de nuevo muy bien: MASA Y PODER de Elías Canetti y nada. Entonces le dijeron a dos muchachos que me ayudaran a buscarlo y no lo encontraron, el libro estaba en el sistema pero allí, en la librería NO.
Me fui otra vez sin el libro y muy triste. Un tiempo después mientras veía algunos libros en Monte Ávila y le compraba a mi mamá “Los Viajes de Vicente Pata Caliente” me tropecé de frente con varios libros de Canetti menos el tan citado libro y le pregunté al chamo, como para no peder la costumbre:
- Lo tenemos pero en otra edición.
No podía creerlo y costaba cuarenta mil bolívares le dije al vendedor que me los buscara y se repitió la historia de hacia unos cinco años:
- Señora yo juraba que lo tenia pero no lo encuentro. En la pantalla sale que tenemos un ejemplar pero aquí en físico no está. Pero puede hacer la solicitud del libro en una planilla que encontrará en la entrada, llénela y anote su numero de teléfono y la llamáremos.
Ya no me sorprendí, ni me entristecí, ni nada. Salí de la librería con mi mamá, mi hija y Vicente Pata Caliente.
Pero un día, de esos demasiado parecidos al resto para que algo distinto pasara, recibí un mail de F.F. como respuesta a uno anterior que yo mandara en cadena y aproveche para cerrar el ciclo después de casi ocho año, fui osada y le pedí a aquel ser inasible y tan escurridizo como el libro, que me prestara su ejemplar y como un mes después recibí su respuesta: tengo tu libro!. Me entusiasme, en ese momento sentí que amaba a aquel casi olvidado amigo y le di todos los santos y señas para que me entregara MI LIBRO y nada ocurrió. De vez en cuando leía el mail para saber si había sido un sueño pero era cierto él me lo había prometido y no había cumplido.
Una noche, en esos momentos en los que de tener tantas cosas en que pensar piensas en las más inconcebibles, empecé a darle vueltas a este asunto del libro y lo entendí todo: Es un libro, es masculino, es un HOMBRE. Cómo fue que no me di cuenta que este Libro/Hombre estaba tan signado por designios patriarcales y lo dejé con una herida narcisista del tamaño del mundo. Que vaina con este Libro/Hombre resentido que sólo porque el día que me hablaron de él no le di importancia y cuando lo tuve frente a frente no lo elegí y preferí a otro, sólo porque cuando me interese en él fue como un peor es nada y siempre hubo alguien mejor a quien preferir, sólo por eso anda evitándome y rechazando mi compañía: desprecia la posibilidad de tenerlo entre mis manos, de adentrarme en su mundo mientras lo miro, no me da la posibilidad de ser envuelta por él.
Esta noche decidí respetar la decisión de mi Libro/Hombre y si no quiere saber de mi no lo seguiré buscando, me dejaré de indignidades y no lo volver a nombrar, acá termina esta historia y quizás este escrito sea una forma de exorcizarla, de dejarla fuera de mí o quizás, quien sabe, sea una manera de decirles a todos que recuerden que el libro se llama: MASA Y PODER de Elías Canetti, si lo encuentran por allí háganme la segunda y… díganle que no hay rencor que le perdono su error que regrese a mi lugar…

El juicio de Ani...


Para Ani,
Donde quiera que esté...

Según Juan Liscano “la demonología judeocristiana indica que Satán tiene preferencia por las mujeres, a quienes convertía en sus cómplices (...) el criterio patriarcal veía a la mujer una presa fácil del demonio debido a su coquetería, a sus seducciones”. Sobre este postulado se esgrime el hombre como victima de una mujer convertida en demonio que lo arrastra hacia el desorden de la sexualidad sin él tener posibilidad de “defenderse”. Estos fundamentos patriarcales subyacen aún en nuestra cultura tan vivos como en la Edad Media pero enmascarados y enredados en discursos “científicos psicológicos” construidos desde una doble moral.
Hace algunos días sostuve una grata discusión con un grupo de amigas donde salió a relucir una situación moral y éticamente inadecuada donde la “honorabilidad” de una mujer se puso en juego por su capacidad de seducción y su libido un poco alta, esa noche tuve un deja vu de una escena vivida hacia 27 años, allá por 1979.
Mientras yo cursaba tercer año de bachillerato, a muy temprana edad, la dinámica patriarcal me puso en contacto con la falta de equidad entre los géneros y lo injusto de los juicios hacia las mujeres. En aquella época mi acentuada timidez, mi exagerada estatura para la edad y mis escasos atributos estéticos me mantuvieron, como aun me mantiene, fuera del clan de niñas populares y bonitas y podríamos decir que fiel y presente militante de las minorías (feas, brutas, gordas, negras y putas). Como si de una confesora a tiempo completo se tratara las niñas menos privilegiadas se acercaban a mí a contarme sus historias y ese año Ani fue quien me eligió como su escucha. Ella era una joven de catorce años, de mediana estatura y cuerpo precozmente voluptuoso, de cabellos extremadamente rizados (pelo malo) y presa de la moda intentaba llevar el peinado que Bo Dereck, La mujer 10, había puesto a rodar como símbolo de belleza; en aquel intento la cabeza de Ani se lleno de trenzas rígidas, firmes e inflexibles que no caían suaves sobre sus hombros al contrario salían perpendiculares de su cráneo como si de los rayos de un sol infantil se tratara, ese peinado fue objeto de burlas para muchos y de criticas estúpidas para muchas. Ani me contaba de los tres novios que tenia: uno por su casa, uno en el liceo y otro que había conocido en el mercado. Como parte de sus esfuerzos por cumplir con las pautas de belleza exigidas, que ella no poseía, mostraba las zonas de su cuerpo que más llamaban la atención y entonces asistía a las clases teóricas con el uniforme de Educación Física, un “chor de banlon” marrón que dejaban al descubierto sus piernas torneadas y moldeaba su pompi. Algunas mañanas Ani llegaba tarde, exaltada y sudorosa, y me contaba que venia de sus encuentros amorosos con su novio con quien se veía en la cañada que bordeaba el liceo. A ella la rodeaban los niños como los hombres rodearon a Circe, como unos cerdos, osos o lobos no se separaban de ella; pero un día Ani amaneció de mal humor y cuando Arnulfo quiso meterle mano y al no separase después de su dos DEJAME! lo empujo con tal fuerza que éste fue a dar con su cuerpo pequeño contra una de las paredes del salón, ese desborde de fuerza determino el juicio de Ani. El profesor que daba clase en el salón de al lado entró a poner orden y salió Arnulfo como un pendejo acusándola de lo que le había hecho y se reunieron para el juicio: la Profesora Guía, la Profesora de Orientación, la Subdirectora y todo el salón. Uno a uno nos levantaron para dar nuestra opinión y todos los alumnos y en especial alumnas unánimemente pensaban que ella era culpable por ser una provocadora, sediciosa y turbulenta que cual Eva en el paraíso tentaba a los pobres hombres y ellos “hombres al fin no podían controlar sus impulsos”. De esa última sentencia salió la decisión: la suspensión por una semana para Ani. Yo que mal podía saber de patriarcalidad e inequidad de géneros, sólo entendía que el juicio no había sido justo y venciendo mi Fobia Social (entiéndase timidez extrema) y aprovechando el valor que tenia el hecho de ser la delegada de curso, me levante y dije que si Arnulfo no podía controlar sus impulsos no era por ser hombre si no por ser un animal ya que sólo un animal se le justifica que actué solo por impulso o reflejo y entonces ya sea por animal o por abusador también se merecía su semana de suspensión. Creo que mis palabras llegaron a la profesora de orientación y mi propuesta se cumplió y para Arnulfo pasé a ser una niña estúpida que contradecía a todo el grupo por fea.
Así quedo toda la historia y terminó el año escolar y pase a mi Ciclo Diversificado dejando atrás a todo ese grupo y toda esa historia. Muchos años después, ya como estudiante de medicina, un domingo en una misa a la que yo asistía en la Iglesia San Pedro, me encontré con la mamá de Ani y emocionada me le acerqué para saludarla y le pregunté por ella y con su rostro triste me señalo hacia la fila de la gente que comulgaba y allí estaba Ani: seria, ausente, lejana, esperaba para recibir el cuerpo de cristo, el único cuerpo masculino que podría recibir en colectivo sin ser juzgada; quise acercarme y su mamá me detuvo para decirme que no la saludara, que Ani estaba internada en el Psiquiátrico y ese domingo le habían dado permiso para ir a misa y no quería que al verme los recuerdos la perturbaran, ese día me entere que Ani sufría de un Trastorno Bipolar y aquella libido exaltada de sus catorce años fueron sus primeros síntomas. Nadie en aquel momento pudo ver más allá de una niña alborotada y necesitada de hombre, de una joven que ponía en peligro el control y dominio de la sexualidad, a ninguno de los Profesores se les ocurrió que tras esa niña desenfrenada había una potencial paciente siquiátrica y que lo menos importante era su exaltada sexualidad amoral frente al deterioro por la psicosis que se le venia encima.
La noche de la grata discusión con mis amigas salió el mismo juicio, a quien se juzgaba era una mujer voluptuosa, que acostumbraba vestirse dejando ver el encanto de sus muy amplias mamas utilizando blusas o suéteres muy ajustados y algunas veces optaba por trajes descotados; de tez muy blanca se adornaba a si misma con colores brillantes que iban desde rojo hasta el violeta, se sobrecargada de pulseras, collares y grandes zarcillos así como de sonrisas y acercamientos, síntomas y signos, entre otros, compatible con un Trastorno Bipolar, los hombres se acercaron a ella y algunos quizás, no lo sé, lograron apagar su ardor y esa noche se supo de la identidad de uno de ellos y desde la voz femenina se dejo escuchar algo como:
— Que iba a hacer el pobre cuando la caraja le restregaba las tetas en la cara¡¡¡¡¡
Pobre hombre que podía hacer, pues que más: cojersela¡¡¡¡ pero como un acto de intimidad, como una decisión tomada por él bajo su propia responsabilidad y no como una suerte de reflejo despertado por unas tetas, porque si esas tetas no fuesen firmes y eróticas las rechazaría y se despreciaría a quien se las ofreciera. Pero no, vuelve a quedar el hombre como una victima de la “mujer lujuriosa, devoradora de almas, demonio andrógino producto de la angustia sexual”, como si todos y todas no hubiésemos tenido ese encuentro con la sexualidad desordenada e impulsiva pero racionalmente asumida, parece que aun nos llevamos por una moral tartufiana e hipócrita que nos devuelve a la época victoriana descrita por Juan Liscano en su libro Mitos de la Sexualidad: “los modales y el disimulo constituían una virtud. Si se cumplía con las normas de la buena sociedad, se podía hacer a escondidas todo lo que se condenaba en publico. La mujer se revestía de una armazón de telas, guantes y botines que no dejaban ver un lunar. El velillo de la cara completaba el disfraz de honorabilidad puritana y femenina. Luego la gracia estaba en desvestirla secretamente, de fornicarla entre pelambres, cabelleras, almohadas, ropa interior, sudores y ayes de éxtasis breve.”
Hoy recuerdo a Ani y me pregunto que será de su vida, cuantos hombres pasaron por ella sin entender que su sexualidad podía ser su fuente de sufrimiento, cuantos hombres lograron verla como algo mas que una puta desenfrenada, reflexión que me devuelve a mi misma y todas aquellas que nos hemos responsabilizado por nuestra sexualidad y me pregunto también cuantos hombres han pasado por la vida de cada una de nosotras que sin decirlo nos consideran putas porque en algún momento hemos dejado ver nuestros deseos, nuestra lujuria y voy mas allá, porque las mujeres no soportamos ver como otra se deja de hipocresías y expone sus apetitos sexuales sin tanta falsedad, convirtiéndonos en las crueles juezas de nosotras mismas, me pregunto hasta cuando nosotras dejaremos de ser el brazo verdugo de la patriarcalidad.

Ferohormonas...


Desde hace siglos el culto del bello sexo ha adquirido una dimensión social inédita entrando al mercado de masas y haciendo de la belleza una obsesión que nos atormentará a todas en algún momento de nuestras vidas, más aun si sabemos que la figura privilegiada actualmente por los esquemas sociales es aquella de grandes pechos y cuerpo muy delgado y como diría una modelo “la naturaleza no suele dar cuerpos así” y la cirugía, a pesar de su democratización, aun no está al acceso de todas. Si a esa exaltación por la belleza se le agrega la rivalidad atávica a la que estamos sometidas las mujeres tendremos una cultura que atenta constantemente contra la salud mental femenina.
En mi empeño por remodelar mi baño y dejarlo lo más cómodo posible, le compré una repisa de lo más linda, sólo que al abrir la caja me encontré con la sorpresa de que faltaba una pieza y con la angustia instalada en la boca de mí estomago fui con mi caja, de un metro de alto y treinta centímetros de ancho, a EPA para que “resolvieran” mi situación. Llegue al gran almacén y solicité hablar con la gente de devoluciones y reclamos, allí mismo fui atendida como lo que era: un cliente insatisfecho y ladilla, luego de algunos minutos, de forma muy insensible, un chico del departamento de devoluciones, con su franela amarillo EPA, me acompañaba al pasillo 12 a recuperar mi mercancía completa y cuando íbamos por el pasillo 10 otro joven con otra franela amarillo EPA lo interceptó y sin respetar mi presencia, le pregunto:
- Loco ¿viste la tipa en la caja 3?
- No¡
- Guevon! Está bueniiiiiiisiiiima¡¡¡¡¡¡¡¡
Y así, después de semejante conversación, el primer joven, quien resolvería mi situación en minutos, se fue con su compañero y sus ojitos brillantes en búsqueda de la hermosa mujer cuya imagen humedecería sus mañanas desde ese momento. Y allí quede yo, en pleno pasillo 10, con mi caja de un metro de alto y treinta centímetros de ancho entre mis brazos, esperando a no sabia quien y de pronto aparece otro joven con la ya nombrada franela amarilla y me dice:
- Señora, en que puedo ayudarla?
Y fue en ese momento cuando di la respuesta más inconveniente, poco asertiva y creo que casi autoagresiva que nunca antes en mi vida había dado, y dije:
- Por favor, necesito cambiar esta repisa por otra que este completa. Ya me habían atendido pero el joven se fue corriendo a la caja 3 porque parece que hay una tipa que esta muy buena.
Dicho esto el joven salió corriendo dejándome ahora en el pasillo 11. Parada, que digo parada, paralizada, pensé en salir yo también corriendo y ver a la tipa de la caja 3 y en ese momento vi mi imagen reflejada en un espejo y recordé, sólo recordé:
Hace acaso unos cuatro años, mientras estaba en mi apartamentico de La Candelaria, descansando de la rutina diaria, recibí una llamada. Del otro lado del auricular escuche una voz que ya para ese momento se me hacia extraña, era la voz de uno de esos hombres que pasan por la vida de una y que se empeñan en postergar los adioses. En ese momento pensé: ¿Otra vez? . No lo puedo creer. Lo que no podía creer era esa extraña concepción psicológica del tiempo que tienen los hombres, atemporal como el inconsciente, la cronología les es ajena y así tres años después de no verlo vuelve a llamar como si nada hubiese pasado, para invitarme “a cenar” y yo cansada por la hora y por ya sentirme refugiada, solo atine a contestar:
- Lo siento, ya me disfrace de Doña Florinda y no pretendo cambiarme para salir. Lo máximo que puedo hacer por ti es invitarte un café.
Esta ultima invitación la hice convencida de que se desanimaría, pero como siempre el enigma de la psique masculina me volvió a sorprender cuando aceptó. Lo más desagradable de las visitas a esa hora era tener que bajar a abrir la puerta principal ya que no había intercomunicador y cuando se abrió el ascensor vi como a mi ex - amigo le estaba abriendo la puerta la puta del edificio. De verdad, créanme, era la puta del edificio, esta vez no es rivalidad ni envidia femenina, era la puta del edificio, me lo había dicho la conserje unos días antes, también nos había dicho que se había “hecho las tetas y el culo” y cuando nos lo dijo sí que había rivalidad y envidia y al verla por primera vez, yo justifique semejantes emociones.
La joven de escasos diecinueve años tenia un rostro hermoso, como todo rostro de diecinueve años, acompañado de unas tetas firmes y voluminosas que se dejaban ver, por debajo de su muy corta franela, como dos mísiles que al mejor estilo de Afrodita A, aquel robot piloteado por Sayaca, dieron directamente en mi narcisismo femenino, pero no contenta con todo esto, su jeans muy por debajo de su ombligo dejaba ver un vientre plano y bronceado y al darse la vuelta mostró un pequeño triangulo hecho de la unión de tres delgadas tiritas procedentes de su hilo dental que reposaban en su zona sacra adornando su perfecto pompi. La vi subir al ascensor como en cámara lenta, si yo estaba en ese estado no puedo imaginar el trance de mi ex – amigo, lo cierto es que al seguirla con mi mirada hasta el ascensor vi mi imagen reflejada en el espejo del mismo y pensé: la verdad es que “ya no me baila un gusano en la tripa” como dice Ella Baila Sola y eso determino no sólo “que no me echara su perfume ni me pusiera tacón” sino que bajara con una facha que hasta Doña Florinda se sentiría ofendida por la comparación: Unos pantalones muy amplios de rayas verticales amarillas, naranja, mandarina y verde manzana, combinados con una franelilla ovejita color mandarina cubierta por un suéter de lana, de esos cálidos que usan las abuelitas y que venden en Graffiti, de color marrón; sin una gota de maquillaje en mi cara había recogido mi cabello en una cola de caballo que dejaba al aire mis no tan pequeños pabellones auriculares. Mi reacción fue rápida cuando ella desde el ascensor nos preguntó a mí y a mi ex – amigo, ahora con cara de estúpido:
- ¿Suben?
Yo rápidamente respondí:
- No, espero a otra persona. Gracias.
Ella se fue perdiendo mientras el ascensor se cerraba y cuando volteé me encontré con la mirada de mi ex – amigo quien me preguntó:
- ¿Esperas a otra persona?
- No, no espero a mas nadie, pero no pensaras que me voy a parar al lado de ella. Si a Paris le tocó elegir entre tres deidades igual de hermosas y se armó la guerra de Troya ni te cuento la que aquí se armaría si veo algún gesto tuyo que la privilegie a ella. No me expongo a semejante agravio.
Recordando la risa de mi amigo decidí no ir a ver a la muy hermosa mujer de la caja 3, y me pasee por todo el pasillo 12 viendo grifos y duchas: plateadas, doradas, cromadas, las ecológicas que racionan agua, las económicas, las lujosas y allí, en el pasillo 12, vi como aquellos dos jóvenes que hacía algunos minutos me habían abandonado, regresaban sonrientes, radiantes, magnánimos y de esa misma forma se acercaron a mi, solicitando mi ayuda para recordar aquella misión que debían haber cumplido con anterioridad y que había sido interrumpida por el destino y así de manera educada iniciaron la búsqueda de la mercancía que debía ser cambiada. Recordé un articulo que había leído donde informaba como la firma “Biotech" de Vancouver había presentado un nuevo producto que relajaría a los compradores y los haría permanecer mas tiempo dentro de las tiendas induciéndolos a comprar más mercancía, era nada más y nada menos que una ferohormona que liberarían por los ductos de aire llegando a lo mas primitivo del olfato humano; entonces lo entendí todo: EPA había adquirido una nueva arma para lograr que sus empelados trataran mejor a sus clientes, sobre todo aquellos sin atributos para merecer semejante privilegio y mandaba de cuando en vez a aquella desconocida mujer de la caja tres a pasearse por los pasillos del almacén estimulando las ferohormonas de los empleados alegrándoles muy gratamente el día o en todo caso aquella desconocida defensora de los derechos de las mujeres poco privilegiadas se asomaba a los almacenes azarosamente para dejar a los empleados en un estado de exaltación tal que atenderían a cualquier cliente con una bondad inalcanzable por otra vía y entonces agradecí al cielo por la existencia de aquélla joven y rogué por que se hiciera cierto aquella propuesta de Marcela Lagarde en su articulo “Enemistad y Sororidad” y las mujeres ya estemos conformando un grupo donde cada una seamos amigas, a pesar de ser diferentes, cómplices, nos encontremos y reconozcamos las unas en las otras y entonces llegué a casa y le conté todo a mi mamá y la hice escucha de mi idea de que aquélla mujer, que estaba bueniiiisiima, con sus atributos había logrado que me atendieran con amabilidad y que lo pudo haber hecho con todo placer y ella en su sabiduría solo contesto:
- Mija, si esa mujer ni la conoció, a mí su cuento a lo que más que se me parece es a aquel refrán que dice cachicamo trabaja pa’ lapa.

Del Cortejo y la Seduccion...



La seducción es y será para mí un arte fascinante y maravilloso que he practicado tanto consciente como inconscientemente. Pero el ejercicio del cortejo es algo diferente: un enigma, un misterio lleno de recovecos desconocidos que nunca se me había ocurrido descubrir. La diferencia entre cortejo y seducción, en mi particular perspectiva, tiene que ver con lo obvio y lo sugerido, con lo concreto y lo simbólico, con lo elemental y lo elaborado. Sin embargo hay etapas en la vida de una mujer en que eso de la seducción parece que se alejara, de hecho creo que realmente se aleja: junto con los hombres. Hay diversas razones por las que los hombres se alejan de una y primordialmente lo hacen cuando una no los quiere cerca.

Pero un día amaneció y de pronto tuve la nostalgia de aquellas historias de seducción, de que apareciera alguien que me diera “santo y seña” y yo me dejara seducir para caer en exaltación. Pero debo confesar que no apareció nadie y yo seguí esperando. De pronto una tarde de jueves, en pleno centro de Caracas, el azar hizo que casual y circunstancialmente me encontrara con un viejo amigo que tenia meses, muchos meses, que no veía. Nos saludamos, nos hablamos, caminamos y nada paso, hasta nos sentamos y nos tomamos un café y nada pasó, pero de pronto, un detonante... acaso una mirada, un roce, una palabra, alguna insinuación, una canción, una sonrisa... No lo sé, pero mi cuerpo comenzó a dar señales que tenía tiempo no recibía: el vértigo en la boca del estomago, la respiración acelerada, las palpitaciones, mi piel con necesidad de su cercanía. Me asusté, me angustió que mi entrañable amigo se convirtiese en el objeto de mi deseo. Cómo fue que mi amigo había entrado al campo de juego de mi deseo. Recordé el poema de Rafael Cadenas “y un día de tanto verte, te vi.”. Me mantuve a distancia y hasta me alegré cuando él pidió la cuenta y nos tuvimos que ir, porque si hubiese sido por mí me hubiese quedado sentada abstraída mirándolo, buscando, en él y sus alrededores, lo que me estaba embelesando. Nos retiramos mientras yo evitaba algún roce, algún contacto. Me llevaron hasta el estacionamiento donde estaba resguardada mi carrita y me fui. Suelo tener la particularidad de que cuando llego a casa me transformo, soy sobre todo hija y madre. Estuve con mi mamá y mi hija, olvidada del asunto, hasta que el sueño me venció y entonces mi inconsciente, francamente desinhibido, puso en imagen y sonido mi deseo.
Luego de ese sueño me invadió una suerte de delirio erótico e inicie una embestida loca de mensajería de texto, donde proponía, declaraba, forzaba. Creo que violenté e intimidé, fui francamente mediocre, totalmente torpe y me avergoncé y me disculpé y me retire. Sin embargo, solo habían pasado unas escasas horas cuando regresó a mí la misma idea parásita con nombre de hombre y sonreí ante la idea de seguir cortejándolo aunque fuese de manera tan torpe. Lo imaginaba leyendo los mensajes algo atareado, lo imagine molesto por aquella invasión a su intimidad, a sus espacios laborales; lo imaginé en una reunión importante, de esas en las que se decide el destino del país, leyendo un mensaje cursi, romántico y empalagoso y me pareció de lo más interesante vivir esa experiencia, al menos era un juego que no había jugado. Seguí mandando mensajes a diestra y siniestra entre media mañana y media tarde, después de las cinco la historia se cerraba, enviaba un mensaje por día y nunca recibí respuesta. Hoy viernes, una semana después que se iniciara este Episodio Psicótico Breve, envié el ultimo mensaje y lo invite a almorzar: él pondría la fecha, sólo la fecha, pero igual no recibí respuesta. Conocí la indiferencia, el rechazo, el desprecio en el vacío del silencio. No me gusto ese juego en el que faltaba el Otro.
Entonces, después de terminar con las funciones que designan los roles domésticos, tome mi libro para comenzarlo a leer (La Biografía de Gandhi) , prendí un cigarrillo y me serví una taza de café; trate de leer, pero termine pensando en el cortejo y esta nueva posición que había jugado por algunos siete días y con la cual no había conseguido nada y me retiraba fracasada. Recordé las oportunidades en las que yo había estado del otro lado del campo, recordé: cuando Roberto me dijo que le diera tiempo, que Roma no se construyo en un día, que él cambiaria y yo no pude sino reírme imaginándolo construyendo Roma; recordé la cara de José Luis cuando le dije que él me caía muy bien pero era algo extraño: cuando él estaba no quería que se fuera pero cuando no estaba no quería que se apareciera, y él desapareció; cuando le dije a Miguel Ángel que él me parecía sumamente consentido para mi gusto, que para él iba bien una de quince (yo tenía diecinueve); cuando le di a Douglas mi dirección incorrecta por tres oportunidades y cuando le dije, al entregarme un poema, que mejor siguiera siendo Cirujano; cuando le dije a Jesús que dejara el drama que yo no era Lupita Ferrer; cuando le dije a Andrés, después que el me pidiera mi teléfono para llamarme el día de mi cumpleaños, que yo no estaba interesada en sus Felicitaciones; cuando le dije a José que lo que pasaba era que a mi me angustiaba su dificultad para respirar y no lo soportaba muy cerca (era asmático y atópico); cuando le dije a Jorge que me parecía un Psicópata; cuando dejé que mis hermanas atendieran al primer Jorge y yo nunca salí de mi habitación; cuando no sé que le dije a Juan Carlos que no me lo perdono; cuando después de acompañar a Nelson hasta la Maternidad Concepción Palacios, con objetivos muy particulares y antes que estos se cumplieran, me fui y le deje mi despedida en la recepción; cuando le dije a Moisés que no tratara de adivinarme y se llevara sus rosas y sus chocolates que yo no era tan cursi; cuando no conteste mas las llamadas de Johnny y lo volví a ver unos seis años después. Recordé que hace poco mi sobrinito de 16 años le pidió a su mamá que lo enseñara a bailar y después le pregunto:
- ¿tengo que sacar a bailar a las muchachas?
- Si!
- Y si me rechazan.
- Pues sacas a otra.
Recordé que hace años un amigo se estaba separando de su segunda esposa y al ir a visitar al hijo que tenia con su primera esposa ésta (que debió haberse enterado de su separación) comenzó a seducirlo, mi amigo me dijo:
- Te confieso que ganas de pasar la noche con ella no me faltaban, pero yo sabia que si yo dormía con ella esa noche, ella se iba a ilusionar y yo no tenia pensado volver con ella. No sabes lo difícil que fue decirle que no.
- Te lo creo y es que si los hombres dicen que No son maricos y si las mueres decimos que Sí somos putas.
Esta noche, como nunca, me conmovieron los hombres. Este juego del cortejo que yo no soporte mas que siete días y me retiro, lo han practicado los hombres por siglos, a pesar de rechazos, de desprecios, de maltratos, por parte de nosotras. De todas nosotras acostumbradas a que así debe ser, de todas nosotras que nos enseñan (y como nos enseñan) a mostrarnos inaccesibles, inalcanzables. Confirmo mi teoría de mujer feminista de la ¿sexta ola? o ya iremos por la séptima, que la lucha no es contra el hombre, sino contra esta cultura patriarcal que nos lastima tanto a nosotras como a ellos.

La Musica como dispositivo de tortura...


En julio del 2005, en plena crisis vital, debí decidir si seguir viviendo alquilada en el centro de la ciudad o comprar un pequeño, y más que humilde, malogrado apartamento producto de una de esas tantas soluciones habitacionales que se vieron nacer en esta ciudad por los años sesenta. Me decidí por la última opción por aquello de la propiedad privada. El pequeño apartamento se encuentra ubicado bastante fuera de la ciudad y una vez en aquella comunidad reviví mi infancia, reviví las historias de aquel barrio maracucho en el que crecí: risas de niños correteando y jugando fútbol bajo la lluvia, tangos de Gardel atravesando la oscuridad de la noche, cantos negros de trabajo ya perdidos en la historia que sólo nacen nuevamente en la memoria por los sonidos de un tambor que te despierta en la madrugada, el olor a torta casera, los perros en la calle, las flores en los balcones. La primera semana que dormí en mi apartamento la disfrute a pesar de todo, lo mejor fue escuchar a Mercedes Sosa, mientras me tomaba un café, cantar Con el Corazón al Sur y aquel “mi barrio fue una planta de jazmín, la sombra de mi vieja en el jardín.. Pero pronto vendría lo mejor de la historia.
Ya luego de instalada conocí a los vecinos y con ellos las recomendaciones, hasta me recomendaron remodelar el apartamento y de 56 metros podría sacar un apartamento de tres habitaciones con vestier y todo ya me dirían la formula; conocí las miradas de recelo haciéndome sentir intrusa, la Señora del apartamento de arriba lavaba cada cierto tiempo su apartamento y se me antoja que le tira agua a las ventanas como lo recomienda “Hermes el Iluminado”: con mucha agua y jabón azul para sacar las malas intenciones y las malas energías, y va ella y me las lanza a mi y a mi que me da miedo todo dejo que el agua entre cual chubasco maracucho y me quedo paralizada y al final es quien está de visita, mas hábiles en eso de las convivencia en comunidad, que les grita:
- COOOOOÑO estas mojando toda esta mierda deja de tirar agua.
Un día cualquiera mientras se realizaban las remodelaciones para que hicieran de mi baño algo habitable, se nos ocurrió que debíamos salir de todo el trabajo en un sólo fin de semana y un domingo en la mañana el martillo eléctrico comenzó a desmoronar el piso de granito emitiendo un ruido infernal que mantenía a mi hija pegada a mis piernas y se comenzaron a oír toda clase de gritos propinados por uno de los vecinos reclamando. Me asusté, lo juro, bueno... no tendría que jurarlo, el que me conoce sabe que de veras me asuste, y el vecino subió a reclamarme con los ojos todos hematizados que si “había llevado en la madrugada a su hermana al medico” pero yo como que creo que el alcohol había hecho lo suyo y la resaca no lo dejaba en Paz. Luego de que con su tono de molestia y rabia me hubiese reclamado, se fue para luego regresar con el presidente del condominio a recordarme de muy buen modo las normas del condominio, normas que yo desconocía enteramente y entonces deje pasar la situación, se detuvieron los arreglos hasta el otro día sólo porque el presidente del condominio cargaba una gorra de Las Águilas del Zulia y reconocí en él ese melodioso acento maracucho.
La verdad es que eso de las normas de protección contra el ruido como contaminante o en todo caso elemento perturbador es algo que aun no me queda claro. Es cierto que la clase de ruido que emite un martillo eléctrico alcanza decibeles dañinos para el oído humano, eso no es discutible, pero el ruido será emitido por un periodo de tiempo corto que te lleva a protegerte en ese instante, pero y ese otro sonido, que se supone debe ser sublime, recreativo, estimulante del ocio y la relajación como lo es la música, que hay de cuando ese sonido se convierte en un dispositivo de tortura que estoy segura esta siendo utilizado por la CIA y el Mossab (Servicio Secreto Israelí). Desde que llegue a este mi nuevo barrio no es que escuché a Gardel en la lejanía al igual que aquel mágico tambor en la noche el primer día, no, es que he escuchado la Gasolina, Racata- Racata, las mezclas del DJ “el nene Sarcos”, las salsas ochentonas todas eróticas ellas, Olga Tañon por un centenar de veces a volúmenes insospechados y las ultimas dos semanas mi vecino o vecina ha presentado un Trastorno Ochentoso serio y escucha a Franco de Vita todos los días de siete a once de la noche. Pero, no nos llamemos a engaño, no es sólo en los barrios en que la música es utilizada de esta forma, cuando yo vivía en La Candelaria, todos los domingos instalaban una miniteca en la plaza que me despertaba a las ocho de la mañana. Algunas veces, NO, muchas veces fueron celebraciones de la Alcaldía Mayor en nombre de Alfredo Peña y hoy por hoy heredadas por Juan Barreto, cada uno en un extremo de la línea pero unidos por las mismas estrategias de ¿diversión colectiva?. Otros domingos fueron lo Emblemáticos Cristianas Evangélicos, otros la PepsiCola, otros eran los escuálidos otros los chavistas, cualquiera podía “alquilar” la Plaza de La Candelaria y poner música para “divertir” a la comunidad y puedo jurar que yo me despertaba temprano para irme de allí porque la arrechera era tan grande que recordaba a Michael Douglas en “Un día de Furia” y no querría seguir sus pasos. Esta forma de abuso es institucionalizada y tolerada socialmente y no sólo ocurre en La Candelaria de igual forma La Plaza Altamira es usada para los mimos fines y si se quiere peor porque en ocasiones cierran una avenida principal para hacer aerobics o bailoterapia ¿?. Otra forma de abuso con la música o el ruido aceptado socialmente es resultado generalmente de celebraciones fanáticas (en el buen sentido de la palabra) consentidas tácitamente por la comunidad y si tu estas en desacuerdo lo callas en silencio porque de lo contrario serás seriamente expulsado. Cuando se celebró el Juego de Béisbol fueron semanas de abuso que siguieron luego con la Serie del Caribe, la música ahora utilizada como señal de jubilo por un gran triunfo no respetó hora ni lugar, las ventanas de mi apartamento vibraban al igual que las puertas por el resultado del alto volumen en el que mi vecino puso a cantar a Oscar de León y se escuchaba el León, León, león, león, sin clemencia por toda la ciudad, creo que sólo me calmaba la arrechera ante tanto abuso la cara de mi niña de un año cuando la despertaba el ruido y se quedaba con sus ojotes abiertos en la oscuridad, toda serenita ella en silencio esperando y cuando sentía que ya todo estaba calmado se volvía a dormir. El otro ejemplo fueron las elecciones: un día me despertó a las tres de la mañana la Diana y debo confesar que después del susto comencé a reírme por lo loco del asunto, otra me despertó el volvió, volvió, volvió, y en otro el se va, se va, se va.
Quien reclamaría a la Alcaldía, a la Iglesia Cristiana o a la Pepsi Cola que no hagan tanto ruido un día entero de domingo, quien le reclamaría a toda una comunidad fanatizada que dejen la ladilla del León, León, León; quien reclamaría a toda una comunidad politizada que dejen el fastidio con su se va, se va, se va o volvió, volvió, volvió. Creo que nadie seria tan suicida para hacerlo, sin embargo una hora máximo del ruido emitido por un martillo eléctrico son condenados como si de la peor persona fueras, como si fueses una criminal de Guerra o el propio Josef Mengele que te gusta torturar a la pobre gente que te rodea.
Ya mi problema con el martillo eléctrico se arreglo y ya no volverán a reclamarme, no al menos por algún tiempo, pero como hago yo, a quien le reclamo para que le bajen el volumen al CD del DJ el Nene Sarcos con su Viejo Motel, Llevaba medias negras, Amanecí contigo, Ven devórame Otra vez, En una cama de Hotel, con sus chicas del Can y Eddie Santiago, todo él y sus mezclas de mal gusto que ya tiene cinco horas sonando en una fiesta infantil, y es que no hay nada mas bizarro que una fiesta infantil con una piñata de Barny y amenizada por el coño e’ su madre del Nene Sarcos, después nos preguntamos de donde sacan nuestros niños tantas perversiones.

Teneria...




Desde hace unos cinco años, cuando compre mi pequeño Ford FIESTA plateado e inicie la ardua tarea de aprender a manejar –que aún no concluyo- descubrí que conducir un carro te somete a la práctica diaria de la tolerancia y la paciencia, que es al mismo tiempo un dispositivo que dispara diversas situaciones en las que tendrás que probar tu capacidad de socialización, negociación y hasta de trasgresión y por ser poseedora de una alta torpeza social me protejo siendo sumamente precavida al conducir. Pero, un día martes del mes de octubre del año en curso, al llegar a la clínica donde practico el “ejercicio privado de mi profesión”, encontré la entrada del estacionamiento trancada por un automóvil mal parado, y el sólo hecho de tener que bajarme a decirle a la secretaria que buscara el dueño del carro para que lo moviera y luego estacionar mi carrito en retroceso (tarea sumamente ardua para mis pocas habilidades visoespaciales) en un lugar sumamente pequeño (tarea sumamente ardua para mis pocas habilidades visoespaciales) me llenó de pereza y decidí dejar mi carro sobre la acera del frente de la clínica posterior a que me invadiera el pensamiento mágico omnipotente de que nada pasaría, total, solo me tardaría unas escasa hora y media. Unos veinte minutos después la Ley de Murphy determinó que la secretaria entrara a mi consultorio a darme una “no tan buena noticia”:
- Su carro se lo acaba de llevar una grúa.
Sonriente y como sonámbula camine hacia donde debería estar mi carrito, iba pensando que una grúa macabra conducida por unos ladrones lo habían robado, pero fue peor: una grúa macabra conducida por unos ladrones lo habían secuestrado y lo tenían en un extraño lugar llamado TENERIA. La secretaria, una paciente y una de las médicos de la clínica me dieron la dirección del fulano estacionamiento de Transito que quedaba por Puente Hierro y me instaban a que reclamara mis derechos y no me dejara sobornar por esos “ladrones” que se habían llevado el carro cuando estaba tan bien estacionado.
Llamé un taxi y una vez que me subí en él le conté al taxista mi desdicha, a lo que él respondió iniciando un discurso descalificador en el que inculpaba a Transito Terrestre, al Alcalde, al Gobernador, al Presidente y a todo chavista, de semejante corrupción. El destartalado taxi se fue introduciendo por pequeñas calles extraviadas casi fantásticas, calles de abastos imperceptibles y desusados, donde los enlatados deben estar adornados por fechas de vencimiento ya expiradas. Calles estrechas que se ondulaban en bajadas y subidas perniciosas, llenas de hombres desempleados que descansan sus angustias y carencias en una botella de cerveza. El camino halló su fin en una especie de calle ciega donde el taxista me dejó botada luego de cobrarme diez mil bolos y decirme “hasta acá la puedo acompañar, de aquí en adelante le toca sola”. Cualquiera diría que ese conductor era mi mentor y que después de acompañarme por toda mi vida ahora me dejaba sola para probar mi fortaleza.
Me baje con cautela ya que el sitio lo ameritaba, era una suerte de cementerio de automóviles y es que aunque solo estén secuestrados, los automóviles al entrar se cubren de un polvo fino que les añade un toque de antigüedad, de esa antigüedad de la que estaba cubierto todo el “estacionamiento”. Fui recibida por un joven quien gentilmente me informó que lo primero que tenia que hacer era revisar mi carro para confirmar que no le faltaba nada. Sin abandonarme y siempre a mi lado, como un Hermes en el inframundo o un Virgilio en el Infierno, me guió hasta donde estaba mi Ford Fiesta que ya no era plateado sino gris polvo. Lo revise y efectivamente le faltaban los rines y la antena, le faltaban como hacia dos años le venían faltando. Me entristeció verlo allí abandonado y con toda la molestia de la que fui capaz reclame la injusticia que conmigo y con Luna (así se llama mi carrita) estaban cometiendo. Francamente, mi acompañante era inmutable y me llevo, atravesando el terreno árido y pedregoso del estacionamiento, hasta una pequeña oficina en la que nunca entre, ya que me mandaron a sentar en una silla vieja, inestable y toda rota. Allí esperé unos segundos tras de los cuales apareció, quien yo creo llevaba la batuta, vaya usted a saber que jerarquía tiene, sólo sé que parecía un charro mexicano, salido de una película de Pedro Infante y presto a cantar “los amores mas bonitos, son como la verdolaga, que se les toca tantito y crecen como una plaga”, sin embargo no cantó y con gran reverencia se presentó (juro que no recuerdo el nombre) e inmediatamente yo salté a explicarle mi situación pero igual de inmutable que mi anterior compañero y guía me paso a hablar con el Cabo, así me dijo:
- Hable con el Cabo. Él le explicará.
Pase a otra oficina igual de desolada, de triste, de indolente. No había donde sentarse y me senté sobre el escritorio. El Cabo que me atendió se me pareció mucho a Tin Tin, la caricatura francesa, y me miraba muuy preocupado por mi situación, por haber cometido la grave falta de dejar mi carro estacionado sobre la acera, falta por la que me cobrarían no sé cuantas Unidades Tributarias, pero el resultado en realitos eran DOSCIENTOS NOVENTA Y CUATRO MIL BOLIVARES, mas SESENTA Y TRES MIL BOLIVARES por gastos de transporte. Debía llenar una planilla bancaria e ir a depositar en un Banco que nunca supe cual era. De pronto con todo el rostro compungido de pura generosidad por mí, preguntó:
- Usted necesita el carro lo antes posible Doctora?
- Sí – respondí.
- Vamos a hacer una cosa. ¿Cuánto tiene en efectivo?
- Pues... Nada. Acabo de sacar lo necesario para el taxi que me acaba de traer.
- Que problema... Y usted necesita el carro hoy, verdad. Porque, no le va a dar tiempo de llegar al Banco y tendrá que buscar el carro mañana. Pero nos puede dejar la mitad de lo requerido y se lleva el carro de una vez.
- Le puedo entregar un cheque – yo sabia que DE BOLAS NOOOO.
- No, cheque no nos sirve.
- Bueno... tendré que ir a buscar un cajero. ¿Dónde puedo tomar un taxi?.
Y en ese momento apareció de nuevo en la historia el Charro Juárez y me dijo:
- Venga, yo le consigo un taxi, yo la acompaño.
Recordé a Bolaños en “Los detectives Salvajes” y a Vallejos en “El desbarrancadero”, los dos de distintas formas coincidían en que México era el país del soborno o “la mordida” pero... de pana, creo que nunca se dieron una visita por estos lares.
El Charro Juárez me acompañó hasta la salida, y allí me dijo que lo más rápido era llamar a un Moto taxi, “esos si que son rápidos” y sin esperar mi respuesta lo llamó y en menos de tres minutos ya el motorizado estaba frente a mí:
Yo: No, disculpe, yo nunca me he montado en una moto, mucho menos en una moto-taxi.
Charro Juárez: Tranquila, estos son muy seguros.
Moto-taxitero: Es verdad, yo no soy un loquito, soy bastante responsable. No tenga miedo, conmigo va segura.
Yo: No, de verdad, discúlpenme, pero no me atrevo a montarme allí. No me parece seguro.
Moto-taxitero: Móntese.
Yo: ¿Sin casco?.
Charro Juárez (representante de Transito Terrestre): Tranquila. Váyase así.
Yo: Y de donde me voy a sostener .
Moto-taxitero: De mí.
Me senté a horcajadas en la parte de atrás de la moto, que entiendo se llama parrilla. Con mi brazo derecho rodee la cintura del moto-taxitero y mi izquierdo lo dejé reposar sobre su espalada mientras mi mano se prensaba en su hombro; incline mi pecho hacia delante, para sentirme bien segura. La moto arrancó. A pesar del aire que me fastidiaba en los ojos y el miedo por la idea parásita de la posibilidad de un Traumatismo Craneoencefálico, no dejaba de pensar en la cercanía tan inconveniente con aquel extraño. La planitud de mis senos rozaba impúdicamente en su espalda y la firmeza de su cintura no le era ajena a la piel de mi brazo derecho. Yo, quien cree firmemente en la biología humana, no podía dejar de preocuparme por el aumento de la frecuencia cardíaca y de mi respiración que se advenían sin ninguna moderación. De seguro aquel extraño sentiría los cambios que en mi se sucederían. Trate de no respirar, de distanciar mis pechos de su espalda y en algún momento, aquel hombre comenzó a hablarme, a hacerme preguntas, de aquellas preguntas que en las fiestas de adolescentes te hace quien contigo baila algún bolero. Cómo te llamas, que haces, donde vives, cuánto tiempo tienes trabajando, etc... Era difícil hablar contra la corriente de aire que se me venia de frente y gracias a Dios que así fue, porque lo menos que yo quería en aquel momento era hablar con aquel extraño. Por fin llegue al cajero, me baje y busque el dinero. Al regresarme, decidí que ese viaje de regreso lo disfrutaría lo más que pudiera, y entonces, rodee aquella cintura, ya algo conocida, con mayor seguridad y acerque mis pechos hacia aquélla extraña espalda y los deje reposar sin tanto recelo. Así, viaje de regreso, por toda Quinta Crespo y al bajarme de nuevo en Tenería, pague lo correspondiente a aquel viaje y con precaución me retire sin mirar los ojos de aquel extraño, no me quería decepcionar.
Llegue más segura, y entregué lo que me pedían por el rescate de Luna, ya a esas alturas de la tarde fueron ciento treinta mil bolívares. El cabo tin tin en un momento se quejó conmigo de cómo la gente le reclamaba cuando él lo único que hacía era “cumplir la ley”. Ya no tenia deseos de molestarme y con la mayor tolerancia y ecuanimidad de lo que soy capaz le dije:
- Aquí nadie esta cumpliendo la ley. Aquí nadie es inocente. Yo sé que no debí estacionar en la acera y por ello estoy pagando, pero no le estoy pagando al Estado le estoy pagando a ustedes. Es por demás difícil cumplir la norma en esta ciudad tan anárquica, es imposible que yo siempre estacione en un lugar adecuado y es imposible que ustedes se lleven a los mayores trasgresores, por eso es que no eres capaz de acercarte hasta la Cruz Roja y remolcar a todos los que frente a esa institución están mal estacionados, tu sabes que te lincharían. Yo te pago lo que me pides y me voy y no digo mas nada, pero no me castigues con discursos moralistas y mucho menos con posturas de víctima.
No sé si el Cabo tin tin me entendió, aunque creo que sí, era el único de todos lo personajes que en aquella extraña dimensión se movían, que parecía tener cierto grado de inteligencia. Me sentí una heroína, me sentí asertiva como dicen los libros de autoayuda, creo que me sentí así no porque le haya ganado una a esta corrupción cotidiana y mediocre, sino porque no deje que me echaran a perder toda la tarde, no lograron que me sintiera mal ni que se disparara alguna suerte de ataque de pánico.
Me monte en mi carrita y le agradecí lo buena que ha sido conmigo, tan solidaria, tan adecuada. Tome la autopista rumbo a mi casa y fue imposible que detuviera las sonrisas que se insertaba en mi rostro cada vez que pasaba un motorizado, y como dijera alguna vez en algún cuento que alguna vez escribí: debía estar feliz de que Thánatos no lograra deshacer mí apuesta a la vida.

Una Apología al llanto...




Siempre he cuestionado la gran dificultad que tengo para manejar la paranoia. Quizás mi mecanismo de defensa favorito, es decir: la evasión, me dificulta ese buen trato y hasta ese enamoramiento con la suspicacia y la desconfianza tan necesaria para sobrevivir en esta y en cualquier otra ciudad. Cuando debo ser paranoide y desde esa posición tomar decisiones y ejecutar acciones, entonces me quedo sólo en el plan y nunca llego al ejecútese. Así fue como un viernes, como pudo haber sido cualquier viernes (mas temprano que tarde pasaría) luego de sacar una considerable suma de dinero en efectivo, un joven alto, moreno, de franela naranja (una semana después mi amiga me dijo que la franela era azul) y con cara de indio, se acerco amenazante, rompió con los limites de mi espacio físico, me empujo hacia el carro y luego de asegurarse que me había llenado de miedo, se llevo mi cartera o debo decir bolso. Todo pasó en cuestiones de segundos y lo vi irse junto con su compañero en una motico pequeña a no muy alta velocidad. Allí quede yo, sintiéndome, junto con mi amiga, la mujer más estúpida del mundo.
Subí al auto y me senté frente al volante sintiendo salir mis primeras lagrimas, lagrimas de rabia, gire mi muñeca derecha que agarraba con fuerza las llaves del carro ya introducidas en el suiche y prendí el carro, la segunda ración de lagrimas salió con mayor fluidez, lagrimas de impotencia, de odio; puse el carro en primera y arranque , fui cambiando a segunda y a tercera y a cuarta, mi amiga un poco nerviosa me instaba a estacionar en algún lugar “mientras se me pasaba todo”, que frase tan vulgarmente utilizada: “Cuando se te pase hablamos” “cálmate y respira para que se te pase” “todo lo veras distinto cuando se te pase”; Que será lo que esperan que pase, ¿el tiempo? ¿Las emociones? ¿Las decepciones? ¿Las heridas? ¿Los ciclos hormonales? ¿Los recuerdos? No lo sé, sólo sé que en esta oportunidad mi amiga esperaba que pasara el llanto, pero no, este fue en incremento, como un allegro, como una cascada. Empecé mi llanto y no podía detenerlo, éste me tomo a mí y entonces lloré. Lloré como cuando de niña cualquier adulto macabro decía: “que niña tan linda me la voy a llevar a vivir conmigo”, o como cada vez que a las 12 del mediodía me iba a la escuela a enfrentarme con los moustricos compañeros de clases, lloré como lloré las cuatro veces que me sacaron de un salón de clases, como cuando aplazaba un examen, lloré como lloraba cada vez que Marcos gritaba “no te vayas mamá” o cuando a Heidi se la arrancaron de los brazos de su abuelito o como cuando el Sr. Vitallis murió en una nevada protegiendo a Remi (con Candy no lloré porque ella se “divertía” mucho), lloré como lloré cuando de niña me pico un bachaco y creí que me había inyectado su veneno y moriría o cuando en esa misma época descubrí mis costillas falsas y pensé que era un malformación, lloré como cuando mi mejor amiga decidió cambiarse de hospital para irse a estudiar con su otra mejor amiga, lloré como lloré cuando mi primer amor se fue a Puerto La Cruz, lloré como lloré cuando el hombre que más amé y que hoy vuelvo a amar me dijo que “solo podíamos ser amigos”, lloré como lloré cuando ese otro hombre que amé y ya hoy no vuelvo amar me dijo “mi amor va en picada” (cuando colgué el teléfono el amor ya se le había estrellado en el asfalto), lloré como llore cuando en la película “Il Postino” éste murió y el plasta de mierda de Neruda no le paro ni media bola, lloré como lloré cuando supe que Massimo Troisi había muerto 24 horas después de haber terminado el rodaje de El cartero, lloré como lloré con: La fuerza del Cariño, La casa de agua, La lista Shidler, Cinema Paraíso, E.T., Una vida y dos mandados, El Cuervo, Un rinconcito allá en el cielo, Los Coristas, El Titanic y pare usted de contar... lloré como lloré la primera vez que vi a mi madre durmiendo sin su prótesis dental y se me estrelló en la cara su vejez y su finitud, lloré como lloré cuando me diagnosticaron una enfermedad fibroquistica de la mama y creí que era cáncer y entonces se me estrello en la cara mi finitud, lloré como lloré cuando me sacaron una muela, lloré como lloré cuando gano Lusinchi y luego Carlos Andrés y luego Caldera y luego.... lloré como lloré cuando supe que estaba embarazada, lloré como lloré cuando se asomó la enfermedad en la carita chiquitita de mi hija, lloré como quise llorar cuando mi hija se quejaba por sus cólicos. Lloré 17.2 kilómetros, es de decir 17.200 metros, es decir 1.720.000 centímetros y cuando el tablero de mi carro me informó que no tenia gasolina entonces lloré por los días del paro, por el golpe... me detuve en la estación de servicio y me mire en el espejo, vi mi cara llena de rosetas envenenadas de llanto; el Sr. de la estación de servicio me miró con gran ternura y mi amiga me dijo: “seguro que piensa que estas llorando porque te dejo el novio” y era verdad, seguro pensaba eso porque al parecer las mujeres sólo lloramos por un hombre cuando la realidad es que lloramos por TODO y entonces, ya confesada, aproveche en ese momento para llorar por la gasolina con plomo, por la gasolina sin plomo, por la que se va, por la que se queda.
Logre llegar a casa y cuando abrí la puerta ya mi rostro estaba menos congestionado. Le dije a mi madre “me robaron” y ella contestó “demos gracias a Dios porque no te pasó nada” y yo pensaba: “es nada todo esto?”; fue la primera que utilizó ese discurso que normaliza el delito y que hasta deshonra, en las próximas semanas esa frase se repetiría muchas otras veces y sin embargo, yo, todas las noches me diría: Gracias a Dios no me paso nada¡ Luego, mi madre, serena y controlada como toda gocha que se respete, me preparó el café más delicioso y reconfortante que me he tomado hasta ahora, recobre las fuerzas para bloquear tarjetas y chequeras, jugué con mi hija, volví a reír, me burle de mí, me bañe, me empijame y al acostarme volví a llorar (es que descubrí que me gustaba) y ya iba a comenzar de nuevo esta apología al llanto cuando mi madre hermosa, sabia y mágica, dio al traste con las dos “ll” y transformo la palabra llorar en orar y oró. Oró con tanta fé y tanto fervor que logro detener mi llanto. Oró por mí. Pidió fortaleza, tolerancia, tranquilidad, sosiego y luego comenzó a orar por mis hermanos, debo confesar que me dieron celos, pero me llame a reflexión y consentí compartir con ellos las oraciones de mi madre, luego comenzó a orar por mis sobrinos y con ternura seguí consintiendo sus oraciones que se generalizaban, pero luego siguió con sus hermanos y ya mi capacidad de compartir fue disminuyendo, luego las oraciones iban dirigidas a mis amigos y me fui confundiendo, quería decirle que no se disgregara porque podía enredar al Todopoderoso, pero no fui capaz; ya mi confusión se fue convirtiendo en angustia cuando las oraciones fueron dirigidas a mis perversos compañeros de trabajo, y luego a la señora que me vendió el apartamento y luego a nuestros dirigentes políticos y luego por la paz mundial y ya cuando parecíamos el papelito que se escribe para el espíritu de la Navidad, aquel que pide doce deseos mundiales, doce colectivos y doce personales, abrí bien mis ojos y afine mis oídos preparándome para no permitir aquella oración que solicitaría el perdón y la rehabilitación de los ladrones, pero mi madre dijo amen y yo cerré los ojos y me dormí ...