lunes, 12 de marzo de 2012

"Dos ciervos jóvenes, mellizos de una gacela"






Inspirado en el Libro LA HISTORIA DEL PECHO de Marilyn Yalom

En el trascurso de la historia, las mamas han representado un símbolo insuperable de lo femenino, de la mujer, tanto de la mujer como objeto de deseo como de la mujer nutricia (madre). Nacieron en la prehistoria, descomunales, representando la fertilidad de las Diosas Madres; en la mitología Egipcia Isis amamanta al Faraón proporcionándole inmortalidad a través de su leche materna, por otro lado y en otra cultura la Gran Gea Olímpica amantaba al Gran Dios Zeus. Con la llegada del monoteísmo, la importancia del pecho femenino se hizo más relevante, tanto, que de su función nutricia dependía la bendición o la maldición de una mujer, pero también se asoma discretamente unas mamas que muestran su lado sensual a través del Cantar de los Cantares: “Tus dos pechos como gemelos de gacela” El Cantar de los cantares. 7:3 “Tu estatura es semejante a la palmera, y tus pechos a los racimo. Yo dije: subiré a la palmera y asiré sus ramas. Deja que tus pechos sean como racimos de vid” El cantar de los cantares 7:7-8.
Con la llegada del cristianismo los pechos se esconderían ante el constructo teórico de una religión que enseñó a sus creyentes a resentir de su cuerpo y en ocasiones hasta martirizarlo, los pechos pasan a ser un símbolo de lo demoníaco, que el arte develó en sus imágenes femeninas donde los pechos de las mujeres eran tan planos como el de los hombres y su poca voluminosidad sería un indicio seguro de santidad. El siglo XV marca la línea divisoria entre
la Edad Media y el Renacimiento y con ello la aparición del Pecho Erótico, el pecho desnudo se convertiría entonces en la marca imprescindible del erotismo en el arte y es éste ultimo quien, librándolo de las ataduras sagradas, lo asienta en el terrenal campo de juego del deseo masculino.
En el siglo XVIII, aparece un tratado sobre la educación escrito por el filosofo francés Rousseau, proponiendo el no tan nuevo argumento de que la lactancia sería el lazo indestructible que
uniría a la familia y con ello surgiría una nueva y regenerada sociedad, nace una nueva ideología de idealizada maternidad que encontró gran aceptación en la América y Europa de los últimos tres siglos, resaltando nuevamente, la función nutricia de las mamas. Bajo esta tesis, la lactancia se convirtió en un culto que sirvió de matriz a los discursos revolucionarios de la Francia del siglo
XVIII. En las proclamas revolucionarias, la leche sólo sería pura si provenía de las amorosas madres del pueblo mientras que la leche de las aristócratas estaría manchada. Esta asociación de la lactancia materna con las virtudes republicanas y la utilización de las nodrizas como representantes de la decadencia realista, ofreció una elección patriótica a las mujeres: a las que
elegían amantar a sus hijos se les consideraba aliadas políticas del nuevo régimen. La patria se complacía, como lo había hecho la iglesia de la Edad Media, en representarse como una madre que ofrecía sus pechos a todos sus hijos. La iconografía de la Revolución Francesa se pobló rápidamente con mujeres de pechos desnudos, que ahora no sólo significaban feminidad sino
libertad, dando inicio a la politización del pecho femenino. Sin embargo el pecho político tuvo su verdadero auge en el transcurso del siglo XX, en tiempos de guerra. Durante la Primera Guerra Mundial, la propaganda envistió de un nuevo sentido al pecho femenino, el sentido comercial, todos los países en guerra se representaban como mujeres de grandes pechos en las propagandas que pedían contribuciones para financiar la guerra, así nacieron Marianne (Francia) y Britanic
(Inglaterra). El estallido de la Segunda Guerra Mundial llama de nuevo a las mujeres para ser utilizadas como iconos necesarios en el despliegue propagandístico de la guerra, con la diferencia de que ya no se verían mas a Marianne o a Britanica, las figuras femeninas que personificaban a las naciones quedaron catapultadas con la primera guerra, ahora un nuevo cambio se obraría,
las mujeres se personificarían a sí mismas en su supuesta cotidiana realidad.
El pecho volvió a constituirse en el distintivo principal, millones de fotos de mujeres con voluptuosos y resaltados pechos eran el fetiche de innumerables soldados por todo el mundo, este fenómeno tiene su emblema más representativo en las pin-ups. Los hombres que luchaban descubrían en el pecho femenino un recordatorio de los valores que la guerra destruye: el amor, el contacto íntimo, el seno materno. Marilyn Monroe, Gina Lollobrigia, Jayne Mansfield y Anita Ekberg encarnaron a las despampanantes pechugonas en el cine. Los bustos hacían furor porque eran la señal más evidente de feminidad.
El final de la segunda guerra mundial (1945) coincide con el ímpetu de la industria de la televisión y la introducción en los programas televisivos de los spots publicitarios. Las imágenes audiovisuales se convirtieron en un supermercado simbólico de estilos de vida, marcando la subjetividad desde y según los consumos de imágenes que cada soledad realiza. El arquetipo elegido para darse a conocer masivamente fue el de la mujer de grandes y sensuales pechos,
difundido sin contemplación por los aun imberbes mass medias. Estrellas de Hollywood, calendarios, vallas, postales y propagandas de televisión mostraban el ya no tan nuevo modelo de mujer de grandes pechos. Se impone “la chica del sweter”, Lana Turner. En los años cincuenta, las películas de la estrella fílmica Jayne Mansfield, parecían tener un solo propósito: exhibir sus
senos en una serie de sostenes que lo levantaban de forma desmedida.
Es quizás esta extrema erotización del pecho femenino, que a su vez privilegiaba a la mujer como objeto de deseo, que en los años subsiguientes se verían envueltos en luchas feministas que darían su estocada más importante a finales de los sesenta con lo que posteriormente se llamaría “la quema del sostén. Las manifestaciones de la “quema del sostén” que se llevaron a cabo a finales de los años sesenta y principios de los setenta pretendían debilitar la excesiva erotización de las mujeres en general y de los pecho en particular, y llamar la atención sobre las
necesidades económicas y sociales más apremiante, de ellos se desprende la lucha contra el cáncer de mama y el derecho de la mujer de amantar en espacios públicos entre otros. Irónicamente una de las secuelas de la quema del sostén fue el topless, en el cual, si bien es cierto se utilizó como método de protesta en manifestaciones de mujeres feminista, al mercado de la moda le fue de provecho y lo toma para exhibir a sus mujeres con mayor libertad. Los años sesenta ven como el tipo de belleza se va poco a poco des-carnando y los pechos voluminosos pierden espacio para dejar entrar figuras asexuadas e infantiles como la Twiggy y Sandie Shaw, atacando lo catalogado como artificioso, pero al mismo tiempo aprovechado por el mercado de consumo, irónicamente nace la primera topmodels.
En los años ochenta, luego de lo más álgido de las luchas feministas, se impone un nuevo modelo de mujer: liberada, independiente, autosuficiente, capaz de luchar por su entrada en los espacios extradomesticos y con este nuevo modelo de mujer se impone un nuevo modelo de pecho. El seno de moda típico de estos años fue, tal vez, el seno agresivo: Puntiagudo, firme y revestido de un material semejante al acero. En él no había nada de delicadeza ni de nutrimento, sino
que más bien se presentaba como arma. Sin embargo es también en esta época en la que la parcela audiovisual bombardea a los espectadores con imágenes de belleza femenina, y se dejan escuchar sentencias tales como: los senos existen con un solo objetivo: su comercialización. La imagen más publicitada de la época fue Madonna: con sus pechos realmente puntiagudos y envueltos en cuero, pone de moda los brasierrs y los corsés, no sólo para levantar el pecho, si no
convertirlo en verdaderos mísiles. En los años ochenta se inicia la era del remodelado corporal se imponen los implantes de silicona, los aerobics y al inicio de los muy “light” años noventa el mundo de la moda anuncia que los senos volverán a ponerse de moda y comienza la comercialización de una figura ideal que sigue teniendo un tono fuerte una combinación de un cuerpo delgado y atlético con grandes senos, que no es factible físicamente y como dijera una
modelo: la naturaleza no fabrica mujeres así. Para esta época se imponen las topmodels y como mito de los noventa surge Pamela Anderson.
En este recorrido podemos concluir que el pecho femenino ha estado fuera del alcance de la mujer, ha pasado por las manos de la Tierra, de la Magia, de la Religión, del Hombre, del
Niño, de la Iglesia, de la Nación, de la Política, del Mercado y de la Moda. El pecho parece estar desvinculado de la totalidad del cuerpo de la mujer, como en los jóvenes adolescentes con su pene, parece tener identidad propia al punto de ser nombrado: me gustan (o no me gustan) mis Lolas. Esa desvinculación ofrece a la mujer la oportunidad de sostener su identidad sobre esa parte del cuerpo, único órgano sexual visible en ella. Su malestar o bienestar parecen depender de la voluminosidad de sus pechos, sus éxitos profesionales, su vida en pareja, su socialización dependerá de ahora de ese Gran Otro que está en ella y que aun no le pertenece. Nosotras, mujeres, debemos estar atentas sobre todo aquello que la cultura nos destina, tratar de buscar las maneras de determinar nuestra subjetividad evitando que ésta sea decretada por designios patriarcales que sentencian los objetivos de nuestro cuerpo dejándonos al servicio del mismo,
esclavas de nuevo, pero ahora de nosotras mismas y del esquema de belleza que nos sentimos obligadas a alcanzar. Es por ello que debemos voltear nuestras miradas hacia esos designios que actualmente no sólo trastocan nuestra subjetividad sino también nuestras vidas (Implantes Mamarios Ambulatorios con sus consecuencias: infecciones, encefalopatías anóxicas, rechazos al material, entre otros). No se trata de una afrenta contra los pechos, se trata de regresarlos a quien debieron haberle pertenecido todos estos siglos: La Mujer.
CONTINUARA…. TO BE CONTINUED…

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